Sé de derecho lo mínimo para no dejarme pisar la cabeza. O al menos para saber defenderme si alguien quiere pisármela. Lo justo para recordar algunas palabras que, con los años, se me han ido quedando pegadas como una astilla. Una de ellas era aquella fórmula seca y precisa con la que se explicaba cuándo se consumaba el hurto. No bastaba con tocar la cosa. Ni siquiera con llevársela. El delito se perfeccionaba cuando el ladrón adquiría la disponibilidad de la cosa. Cuando podía hacer con ella lo que quisiera. Guardarla. Usarla. Romperla. O Venderla. Entonces me parecía una sutileza jurídica más. Hoy me parece una clave.
Porque un día, sin violencia, sin allanamiento y sin que nadie gritara manos arriba, entregamos exactamente eso. La disponibilidad. No de una cosa concreta, sino de casi todo. Nuestra música. Nuestras películas. Nuestras series. Nuestra memoria cultural. Nuestra colección íntima de objetos que antes nos pertenecían y ahora solo nos son concedidos.
Durante años acumulé discos. Los tocaba. Los ordenaba. Los prestaba con miedo. Algunos se rayaban. Otros sobrevivían a mudanzas, caídas y cambios de vida. Eran míos incluso cuando no los escuchaba. Tenían ese derecho silencioso de existir en una estantería sin pedirme permiso. Un derecho tan adquirido que se ganaron el honor semanal de ser liberados de su polvo.
Nos vendieron la comodidad como un avance técnico, pero era otra cosa. Era una cesión. La renuncia voluntaria al control a cambio de no levantarnos del sofá. Ya no mandamos sobre nuestra colección porque no existe colección alguna. Existe un catálogo que no nos pertenece y que puede cambiar sin previo aviso. El demonio de la falsa comodidad no necesita engañarte. Le basta con facilitarte las cosas hasta que te acostumbras a no poseer nada.
Y lo peor es que hemos interiorizado la pérdida como algo normal. Ya no sentimos el robo porque no hay un momento claro en el que alguien nos quite algo de las manos. Simplemente aceptamos que nunca fue nuestro. Como si pagar mensualmente fuera una forma de propiedad. Como si acceder fuera lo mismo que disponer.
Desde el punto de vista jurídico, si alguien puede retirarte un bien en cualquier momento, modificarlo, censurarlo o hacerlo desaparecer, ese bien no es tuyo. Y desde el punto de vista vital, si aceptas eso sin resistencia, has aprendido a vivir sin cosas que te pertenezcan de verdad. Sin rastro. Sin herencia. Sin restos físicos que sobrevivan a una caída del servidor.
A veces pienso que esta es una de las grandes operaciones silenciosas de nuestro tiempo. No nos quitaron las cosas. Nos convencieron de que no las necesitábamos. Nos enseñaron a confundir acceso con posesión y comodidad con libertad. Y nosotros aplaudimos porque el catálogo es inmenso y el algoritmo parecía conocernos mejor que nosotros mismos.
Quizá por eso empiezo a desconfiar de todo lo que no puedo tocar. De todo lo que no puedo perder físicamente. De todo lo que no podría legar a alguien cuando ya no esté. Porque si no tengo disponibilidad, tampoco tengo soberanía. Y si no tengo soberanía sobre mis cosas, es probable que tampoco la tenga sobre mí mismo.
Nos acostumbramos a vivir en un mundo sin restos. Sin huellas. Sin objetos que envejezcan con nosotros. Todo es flujo, actualización, nube. Nada pesa. Nada ocupa espacio. Nada puede ser rescatado de un incendio ni heredado tras una muerte. Y esa ligereza no es inocente. Un mundo sin restos es un mundo sin memoria y un mundo sin memoria es un mundo dócil. Cuando todo lo que amas puede desaparecer con una modificación de condiciones de uso, aprendes a no apegarte. Y cuando no te apegas, tampoco luchas. El despojo ya no necesita violencia porque ha conseguido algo mejor, que no eches de menos lo que te han quitado.