24/2/26

A nadie le importan los menores

Durante años nos dijeron que la privacidad era un derecho. Después nos explicaron que también era un riesgo. Y ahora, poco a poco, intentan convencernos de que es un lujo que no podemos permitirnos. No lo hacen con amenazas ni con imposiciones. Lo hacen con sonrisas, con palabras suaves, con esa cadencia tranquilizadora que convierte cualquier decisión en algo razonable.

La propuesta de prohibir el acceso de los menores a las redes sociales responde a ese mismo patrón. Se presenta como protección, como cuidado, como una muralla frente a un mundo hostil. Nadie quiere niños expuestos a la violencia, a la pornografía o a la manipulación. Nadie normal puede oponerse a eso. Y precisamente por eso funciona. Porque empieza en un terreno moralmente incontestable. La historia demuestra que las grandes transformaciones del control social nunca comienzan por el conflicto, sino por el consenso.

Qué es el artículo 13 y por qué su aprobación es "un gran golpe" para internet

Si el problema es saber quién es menor y quién no, la solución técnica es evidente. Identificación. Registro. Verificación obligatoria. No solo para los menores, sino para todos. Porque si no se exige a todos, el sistema no funciona. Y así, de forma casi imperceptible, pasamos de proteger a los niños a registrar a la población. Sin ruido. Sin resistencia. Con aplausos incluso. Porque quien duda parece sospechoso y quien se opone parece tener algo que ocultar.

El debate deja entonces de girar en torno a los menores y empieza a girar en torno al anonimato. El anonimato siempre ha incomodado al poder. Lo fue para las monarquías absolutas, lo fue para los regímenes totalitarios y lo es hoy para sistemas que han descubierto que el control no necesita violencia cuando se disfraza de seguridad. Un ciudadano identificado es un ciudadano previsible. Un ciudadano previsible es un ciudadano gestionable.

La UE sigue queriendo inspeccionar tus fotos y mensajes privados

En ese contexto aparece la ley europea conocida como Chat Control, construida sobre la misma arquitectura moral. La protección de los menores frente al abuso sexual, un horror real que nadie en su sano juicio negaría. Pero el mecanismo no se limita a perseguir delitos concretos. Introduce la posibilidad de analizar comunicaciones privadas de forma preventiva. No a sospechosos, sino a todos. Escanear conversaciones, imágenes, archivos, mensajes que jamás han sido denunciados. La prevención como nuevo principio de una sociedad que ha aprendido a temer antes que a confiar.

EL DERECHO AL ABORTO Y LA NIEBLA

Hace años, cuando el criterio seguía siendo algo que te podías encontrar en alguna esquina, hubiésemos tenidos desde youtubers hasta afamados abogados diputados visitando todos los platós de televisión alzando la voz en contra de tal hazaña. Gente que ha llegado donde está por vivir de una defensa irreal del internauta que nunca nadie le pidió, que nunca nadie necesitó, pero que ahora, cuando las libertades tiemblan, han decidido desaparecer y callar como si hubiesen olvidado todos los artículos de la carrera.

Stop the censorship-machinery! Save the Internet!

Podéis entrar en youtube y buscar sobre aquel artículo 13 de la Unión Europea que iba a destrozar Internet y que no destrozó nada. Podéis buscar a David Bravo, Jaime Altozano, La Red de Mario, Umaru-Chan, Joan Planas, Rodrigo Quesada o Jordi Wild, entre tantos. Podéis dedicarle dos minutos a comprobar cómo se movieron cuando entendieron que sus bolsillos estaban en peligro alertando de la idea de que iban a matar Internet.

No es la primera vez que ocurre. Primero el peligro. Después la tecnología. Luego la renuncia voluntaria. Finalmente el olvido de que alguna vez existió un límite. Como con el COVID-19. Como con aquel pasaporte para poder entrar en un bar. Ese que parece que ahora nunca existió.

Lo inquietante no es solo la vigilancia, sino la normalización de la sospecha universal. El paso de un modelo en el que el Estado necesitaba motivos para vigilar a otro en el que la vigilancia se vuelve permanente y el motivo, si llega, aparece después. Un cambio cultural profundo que apenas se percibe porque está envuelto en palabras nobles. Se habla de seguridad, de responsabilidad, de protección. Se habla poco de poder.

La paradoja es evidente. Nunca hemos tenido tantas herramientas para comunicarnos libremente y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil registrar y analizar cada palabra. Hemos construido una red global que nos conecta y, al hacerlo, también la infraestructura perfecta para observarnos. Y todo ocurre sin necesidad de imponerlo por la fuerza, porque el miedo es un argumento más poderoso que la libertad y el coste reputacional de dudar es demasiado alto.

El PSOE intenta torpedear la investigación europea de los abusos a menores en Baleares

Mientras tanto, la vida cotidiana cambia de forma silenciosa. Hoy basta una opinión incómoda, aunque no sea delictiva, para desencadenar campañas de desprestigio, boicots o señalamiento público. Basta una relación, una sospecha, una etiqueta. La reputación se convierte en instrumento de control y la autocensura en estrategia de supervivencia.

Illa desoyó las advertencias sobre abusos a menores tuteladas para proteger a ERC

Hoy, en pleno 2026, Pepe el mecánico y Julia la pescadera, pueden perder su empleo por razones que no tengan absolutamente nada que ver con su profesionalidad. Un día Pepe decide dar una opinión no delictiva, molesta en esta sociedad en el que la ofensa inventada te posicionada socialmente como victima y Pepe recibe una campaña de miles de comentarios negativos y falsos sobre su taller para que ningún cliente nuevo se acerque a su negocio. De igual forma, Julia, otro día cualquiera, por tener un hijo militante en un partido molesto, es identificada y perseguida bajo la culpa de ser la madre de alguien. Una madre que finalmente es despedida porque el negocio ha amanecido lleno de pintadas y destrozos. 

DONDE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA CONVERGEN

Vivimos tiempos complicados. Muy complicados. Donde las libertades cada vez son más pequeñas porque en ellas te estás jugando el pan de tu familia, donde la autocensura se impone antes que el señalamiento, no vaya a ser que diga algo que moleste y mañana deje de trabajar.

Un tercio de los menores tutelados de Valencia que denunció abusos sexuales tenía menos de 12 años

Quizá por eso cada reforma estructural debería analizarse con serenidad y escepticismo. No para rechazarla automáticamente, sino para comprender qué problema resuelve y qué poder genera. Porque todo poder que se crea, aunque nazca con una finalidad legítima, rara vez desaparece después. Como cuando cierto partido que solo iba a cobrar tres SMI decidió subir un 10% para disfrutar al momento ellos mismos de una subida del 30%. Aunque ya nadie le dé por preguntar por ello.

EL DÍA QUE TVE QUISO NORMALIZAR LA PEDOFILIA

Tal vez dentro de unos años miremos atrás y recordemos que hubo un tiempo en el que podíamos hablar, opinar y equivocarnos sin mostrar un documento de identidad. Un tiempo imperfecto, pero tangible. Un tiempo en el que no sabíamos que estábamos asistiendo, en silencio, al final de una época.

Dos menores tuteladas por Murcia fueron coaccionadas para prostituirse y agredidas sexualmente

Y quizá entonces entendamos que nunca se trató solo de los menores. Se trataba de nosotros. De nuestra docilidad. De nuestra renuncia voluntaria ante los mismos que abandonaron a unos menores tutelados violados en Baleares con la excusa de que eso no debía investigarse porque ocurría en muchos sitios. Y después de decir aquello, pudo irse a su casa a conciliar el sueño.

La Policía sitúa a Martiño Ramos, exmiembro de En Marea, entre los diez fugitivos más buscados

Lo digo abiertamente. Las libertades que yo deseo, las del hombre honrado, las del ciudadano que solo quiere ir a trabajar y dedicarse a su casa, las tenía bastante más garantizadas en cualquier dictadura. En cambio, si quiero vivir de la política para robar a manos llenas, si quiero quemar la tarjeta del sindicato en putas y cocaína, o si quiero sangrar al Estado a través de la gran mentira de una Comunidad Autónoma, es normal que piense que nunca se vivió mejor que ahora. 

Ojalá no tengamos que descubrirlo demasiado tarde. Y ojalá reviente el sistema y me pille aquí escribiendo.

2/2/26

Ahora que todo el mundo habla de Epstein

Hoy vengo sumido en un coctel de sensaciones que no sé muy bien cómo definir. Es triste que lo que hace siete años era solo una mentira, un bulo de esos que ahora llaman, hoy sea una verdad indiscutible. Hoy, precisamente hoy, cuando los gobiernos han cambiado, los colores son otros y las agencias verificadoras han dado luz verde a lo que solo unos pocos investigamos y te contamos. De hecho, por sacar algo de pecho, me atrevería a decir que el único rincón en español que vino a desmenuzarte todo el caso Epstein fue este lugar que estás leyendo ahora mismo. Lo digo abiertamente. Las personas se dividen en pastores y rebaños. Yo sé lo que siempre fui.

29/1/26

La disponibilidad de la cosa

Sé de derecho lo mínimo para no dejarme pisar la cabeza. O al menos para saber defenderme si alguien quiere pisármela. Lo justo para recordar algunas palabras que, con los años, se me han ido quedando pegadas como una astilla. Una de ellas era aquella fórmula seca y precisa con la que se explicaba cuándo se consumaba el hurto. No bastaba con tocar la cosa. Ni siquiera con llevársela. El delito se perfeccionaba cuando el ladrón adquiría la disponibilidad de la cosa. Cuando podía hacer con ella lo que quisiera. Guardarla. Usarla. Romperla. O Venderla. Entonces me parecía una sutileza jurídica más. Hoy me parece una clave.

Porque un día, sin violencia, sin allanamiento y sin que nadie gritara manos arriba, entregamos exactamente eso. La disponibilidad. No de una cosa concreta, sino de casi todo. Nuestra música. Nuestras películas. Nuestras series. Nuestra memoria cultural. Nuestra colección íntima de objetos que antes nos pertenecían y ahora solo nos son concedidos.

Durante años acumulé discos. Los tocaba. Los ordenaba. Los prestaba con miedo. Algunos se rayaban. Otros sobrevivían a mudanzas, caídas y cambios de vida. Eran míos incluso cuando no los escuchaba. Tenían ese derecho silencioso de existir en una estantería sin pedirme permiso. Un derecho tan adquirido que se ganaron el honor semanal de ser liberados de su polvo.

Nos vendieron la comodidad como un avance técnico, pero era otra cosa. Era una cesión. La renuncia voluntaria al control a cambio de no levantarnos del sofá. Ya no mandamos sobre nuestra colección porque no existe colección alguna. Existe un catálogo que no nos pertenece y que puede cambiar sin previo aviso. El demonio de la falsa comodidad no necesita engañarte. Le basta con facilitarte las cosas hasta que te acostumbras a no poseer nada.

Y lo peor es que hemos interiorizado la pérdida como algo normal. Ya no sentimos el robo porque no hay un momento claro en el que alguien nos quite algo de las manos. Simplemente aceptamos que nunca fue nuestro. Como si pagar mensualmente fuera una forma de propiedad. Como si acceder fuera lo mismo que disponer.

Desde el punto de vista jurídico, si alguien puede retirarte un bien en cualquier momento, modificarlo, censurarlo o hacerlo desaparecer, ese bien no es tuyo. Y desde el punto de vista vital, si aceptas eso sin resistencia, has aprendido a vivir sin cosas que te pertenezcan de verdad. Sin rastro. Sin herencia. Sin restos físicos que sobrevivan a una caída del servidor.

A veces pienso que esta es una de las grandes operaciones silenciosas de nuestro tiempo. No nos quitaron las cosas. Nos convencieron de que no las necesitábamos. Nos enseñaron a confundir acceso con posesión y comodidad con libertad. Y nosotros aplaudimos porque el catálogo es inmenso y el algoritmo parecía conocernos mejor que nosotros mismos.

Quizá por eso empiezo a desconfiar de todo lo que no puedo tocar. De todo lo que no puedo perder físicamente. De todo lo que no podría legar a alguien cuando ya no esté. Porque si no tengo disponibilidad, tampoco tengo soberanía. Y si no tengo soberanía sobre mis cosas, es probable que tampoco la tenga sobre mí mismo.

Nos acostumbramos a vivir en un mundo sin restos. Sin huellas. Sin objetos que envejezcan con nosotros. Todo es flujo, actualización, nube. Nada pesa. Nada ocupa espacio. Nada puede ser rescatado de un incendio ni heredado tras una muerte. Y esa ligereza no es inocente. Un mundo sin restos es un mundo sin memoria y un mundo sin memoria es un mundo dócil. Cuando todo lo que amas puede desaparecer con una modificación de condiciones de uso, aprendes a no apegarte. Y cuando no te apegas, tampoco luchas. El despojo ya no necesita violencia porque ha conseguido algo mejor, que no eches de menos lo que te han quitado.

6/1/26

Mi regalo de Reyes

Esta madrugada me ha entrado el mejor e-mail que me han mandado en mi vida. Con el permiso del lector concedido, lo comparto tal y como me ha llegado y aprovecho para desearos un feliz día de Reyes. Nunca perdáis la ilusión, porque la vida sin ella, es menos vida.

23/12/25

Las tres ofensas

 Durante demasiado tiempo nos han hecho creer que la ofensa es un hecho objetivo, algo que ocurre de manera automática cuando una palabra cruza una línea invisible y hiere a alguien al otro lado. Como si el lenguaje fuera un arma y no un acuerdo. Como si el daño no dependiera tanto del oído como de la intención, del contexto o, sobre todo, de la voluntad de sentirse herido.

14.21 © , Contenido Original