El verano sigue pegando fuerte y no está siendo del todo malo. Los mesetarios creéis que el calor existe en vuestras calles cuando la televisión os engañó con aquello del estrés térmico. Por entonces en el sur todos éramos unos flojos que vivíamos agotados, hasta que los grados de rotación de la Tierra cambiaron lo mínimo para poder plantaros los 39º medio normales con los que convivimos el resto de mortales de Despeñaperros pabajo. Desde ese entonces algún gilipollas en la redacción de algún medio de comunicación se tuvo que inventar un término para diferenciar el agotamiento capitalino del de los provincianos y así nació la gilipollez del estrés térmico. De igual forma que en Madrid entendéis de atascos, en el sur entendemos de calor. A cada cosa su lugar. Y hoy os vengo a hablar justo de eso. No del estrés térmico, sino de un nuevo término que he acuñado este verano y que estoy convencido que va a ponerse de moda en menos de tres años. Puede que no con el mismo término, pero si viniendo a desarrollar la misma idea.
Hace ya varios años os conté aquello de que no me gusta viajar. Lo dejé bien claro. Puede que con la edad me vuelvan las ganas, pero cada día estoy más convencido de que tiene menos sentido. Y sí, sé que hay lugares maravillosos repartidos por el mundo más de los que ya haya conocido. Lo sé. Pero también sé que me da una pereza tremenda. En este tema me siento como Scruffy, el portero bigotudo de Futurama, feliz con su revista erótica, su palo de fregona y su butaca. Así que bajo esta premisa he conseguido el sueño que llevaba tanto tiempo persiguiendo.
He pasado unas vacaciones en mi casa. He estado de vacahome. Pero entendedme, sed cautos. Sé que esto, en principio, puede parecer que lo hacen muchas personas, pero no. Me explayo. Unas vacahome no consisten en estar de vacaciones en casa porque no puedas permitirte unas vacaciones, porque andes mal económicamente o porque tengas que apretarte el cinturón. Tampoco unas vacahome nacen con la idea de quedarte tranquilamente en el sofá de tu casa sin hacer nada, descansando y viendo pasar los días desde la tranquilidad. Yo quería pasar unas vacaciones en casa llena de proyectos, de la misma manera que si me hubiese ido a Tailandia con una libreta llena de cosas por hacer y tachar. Y eso he hecho.
Proyecté mis días para disfrutar de lo cotidiano y cercano, pero como si estuviese en un hotel de cinco estrellas. Desayuné prácticamente todos los días en la calle en un local que me gustó tanto que al final he terminado conociendo vida y obra de los dos camareros que me han estado atendiendo. Probé nuevos locales a tiro de piedra de esos a los que siempre te dices que un día irás pero que no tienes tiempo y al final terminas sacando ese mismo tiempo para comer peor en la otra punta de la ciudad, como si eso despertase un espíritu aventurero aletargado. Fui al mercado, como quien se coge un apartamento en la playa y baja a la plaza a por dos kilos de tomates de huerta para hacerse un salmorejo. Me escapé en un ida y vuelta a cualquier lugar que me permitió volver a dormir en mi cama. Y en mi versión americana, por no dar más explicaciones, hubiese construido un refugio y una casita en el árbol, aunque todo esto lo haya hecho a la española. Unas vacaciones en casa. Unas vacaciones de diez. Vacahome, el día de mañana, para los más gilipollas.
Creo que a partir de ahora todos los años me buscaré alguna semana para hacer lo mismo. No lo mismo que he hecho este año, sino para llevar a cabo la misma idea y expandirla año tras año. Todo esto me nació un día paseando por la calle viendo como mi ciudad estaba abarrotada de turistas, a más no poder, una ciudad cuyos ciudadanos ansiaban estar en la ciudad de la que venían esos turistas. Al final el mundo se ha convertido en un lugar inhóspito desde que los aviones pasaron a ser autobuses con alas. Antiguamente el cielo era para unos pocos. Y así debería haber seguido siendo siempre.
Pues estas han sido mis vacaciones. Os las recomiendo.