12/11/25

La corrupción blanca o el negocio de la obediencia

La corrupción ya no lleva traje gris ni maletín. O al menos no necesariamente. No se esconde en despachos oscuros ni en cuentas numeradas. Ha aprendido a vestirse de fluorescente, a circular por el BOE y en este caso incluso a disfrazarse de Seguridad Vial. La corrupción moderna no roba, factura. No delinque, regula. Y lo hace tan bien que consigue que el ciudadano, además de víctima, se sienta orgulloso de su obediencia.

España tiene 34 millones de vehículos registrados. Treinta y cuatro millones de pequeñas oportunidades de negocio perfectamente legalizadas. Y un día, sin referéndum, sin debate público, sin alternativa, alguien decidió que todos esos vehículos necesitaban una nueva luz, una baliza V-16 conectada, supuestamente para sustituir los triángulos de emergencia que hasta ahora eran tan necesarios que si nos los llevabas encima te multaban para que aprendieras que te podrían salvar la vida.

Dispositivos de preseñalización V16

Para ser más exactos, según el segundo trimestre de 2025, el número de vehículos en España ascendía a 34.324.628. El precio medio de una de las nuevas lucecitas homologadas ronda los 50€. Así que el gasto total 1.716.231.400 €. 1.716 millones de euros en un solo movimiento de bolígrafo. Sin consultarte. Teniendo en cuenta que el IVA aplicado es de un 21%, casi 361 millones de euros irán a parar directamente a las arcas públicas. El resto, a los fabricantes, intermediarios, importadores, distribuidores, certificadores y toda la cadena de empresas que orbitan alrededor del milagro administrativo. Ninguno de ellos ha cometido delito alguno. Todo es legal, transparente, homologado. Es el ejemplo perfecto de lo que podríamos llamar corrupción blanca, la que no necesita esconderse porque se ampara en la ley y en la complicidad silenciosa de todos.

La corrupción blanca no corrompe las instituciones, las lubrica. Convierte cada obligación ciudadana en un flujo de ingresos. Y lo hace con una elegancia que ni el más hábil de los corruptos clásicos habría soñado. No hace falta extorsionar, basta con legislar. Se presenta como progreso, como innovación, como mejora técnica. Y quien se atreve a cuestionarla es señalado como irresponsable, como retrógrado, como enemigo del bien común.

EL TERCER ESCALÓN DEL PODER Y EL ALCOLOCK

Cada época tiene su manera de ordeñar al ciudadano. Antes se hacía con tributos feudales, hoy se hace con normativas de seguridad obligatorias. En ambos casos, el argumento es el mismo, siempre es por tu bien. Y la obediencia, la misma. Se nos dice que la nueva luz salva vidas, que mejora la visibilidad, que evita accidentes. Todo cierto, probablemente. Pero también es cierto que nadie nos mostró un estudio independiente que justificara convertir una simple bombilla en un negocio de mil setecientos millones.

La corrupción blanca es, sobre todo, una pedagogía. Nos enseña a aceptar que la extracción económica puede venir disfrazada de moral. Que los intereses privados pueden presentarse como políticas públicas. Que el saqueo, cuando se reparte entre ministerios, empresas y campañas publicitarias, deja de parecer saqueo. Es una corrupción que no necesita ocultar su rastro, porque su mayor triunfo es haber sido normalizada.

Cada ciudadano que compra su luz V-16 no siente que participe en una estafa, sino en una obligación cívica. Ese es el punto más sofisticado del sistema, convertir la sumisión en virtud. Lo que antes era resistencia hoy se llama negacionismo, lo que antes era crítica, ahora se llama desinformación. Y así, el ciclo se completa. La autoridad dicta, la industria factura y el contribuyente aplaude.

Podríamos indignarnos, exigir transparencia, señalar la obscenidad del cálculo. Más de 1.700 millones de euros movilizados por decreto. Pero no lo haremos. Porque la corrupción blanca no se combate con leyes. Ella es la ley. Se combate con algo más raro y más incómodo, con conciencia. La capacidad de ver el truco mientras todos fingen que es magia.

La baliza V-16 no es el problema. Es el síntoma. Una minucia perfectamente diseñada para recordarnos que el poder ya no necesita robar, le basta con obligar. La corrupción blanca no destruye la democracia, la convierte en un negocio de alta rentabilidad emocional. Nos hace sentir seguros mientras nos vacía los bolsillos. Nos trata como súbditos mientras nos llama ciudadanos. Y lo peor de todo es que hemos aprendido a aplaudir mientras lo hace.

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