domingo, 8 de julio de 2018

La diferencia entre un tonto y un tonto tonto

En todo pueblo hay un tonto. Mínimo uno. En este había varios, pero tonto tonto, lo que se dice un tío tonto, solamente él. La diferencia entre un tonto y un tonto tonto está en la maldad. El tonto puede ser tonto por múltiples razones, pero el tonto tonto es el que se ríe en alto para que se entere todo el mundo que te has caído con la bicicleta, el tonto tonto es el que intenta humillar a todo el que pueda, es el acomplejado gordo, muy posiblemente con gafas de mongolo, el que te ralla el coche con las llaves, escupe en las barandillas para que te pringues la mano o se va inventando la muerte de la hija del churrero en un accidente de tráfico tras las fiestas del pueblo. Este tonto del que os voy a hablar lo tenía todo, además de la madre más puta de todas, improperio que jamás le dijo nadie, a sabiendas, ni en plena ebullición de la sangre, aun después de quemarle el pelo a una señora tras tirarle un petardo.

Yo era un enano obsesionado con los trompos de punta carnicera. Todas las tardes le hacía sacar a mi padre el taladro. Le ponía una lima y me dejaba las puntas como lanzas romanas. Jugábamos en un barrizal a la olla. No sé si habéis jugado a esto. Se lanza el trompo dentro de un círculo y tras bailar debe salirse de la misma circunferencia. Si no baila o no sale se queda dentro para que el siguiente lo intenté destrozar con el suyo, y a así sucesivamente. Si tras algún golpetazo un trompo atrapado escapa de la circunferencia, vuelve a ser nuevamente libre. Esas eran nuestras tardes, ataviados de una riñonera VARTA y tres o cuatro de estos trompos. Por lo general teníamos uno destrozado para sustituirlo por el bueno en caso de tenernos que quedar dentro de la olla. Así eran nuestras tardes.

Este barrizal estaba en el patio interior de un bar. Uno de los chavales era el hijo del dueño, así que pasábamos las horas allí sin problema alguno mientras nuestros familiares estaban en la barra. Sobre las 20:30 nos echaban de allí, del barrizal y del bar. Como en invierno ya era más que de noche nosotros echábamos el resto dibujando la olla en tiza sobre el suelo de la entrada, cemento puro y se nos oía gritar a lo lejos cuando conseguíamos con las puntas tan afiladas que saltasen chispas. El bar cerraba siempre tras ver todos juntos el Telecupón de Carmen Sevilla.

No sé cuánto tiempo tardaron en preparar todo aquello, pero un día sin más, tras echarnos del barrizal, cerraron el bar por dentro. Pedimos entrar un par de veces porque nos gustaba jugar con Hugo, el del Telecupón, pero al no abrirnos seguimos pegando trompazos en el cemento. Nos daba lo mismo una cosa que otra. Con los años, muy a la larga, me enteré de qué se forjó tras aquel pestillo echado.

Nosotros éramos unos críos, pero el tonto tonto del pueblo ya nos sacaba unos buenos años, los suficientes como para empezar a conducir. Tenía una moto, una moto buena que le pagaría la madre del tirón con los nabos que se iba comiendo. Por lo general el tonto empezó a entrar al bar a raíz de encontrar trabajo. Lo enchufaron en la funeraria. Estaba en el pueblo de al lado y las malas lenguas siempre dijeron que su madre se ganó la plaza a conciencia. Cuando le tocaba guardia la iniciaba sobre las 21:00, así que sobe media horita antes ya estaba por el bar y por lo general coincidía siempre cuando a nosotros nos mandaban fuera de él. Nos empezamos a cruzar con él a diario. Siempre pasaba y le daba una patada a un trompo cuando éste estaba bailando, nos jodía, se reía como un mongolo y entraba en el bar. Nosotros le llamábamos gordo de mierda, sin más, pero le conocían como el bombita, al parecer por los peos que se pegaba malolientes muy similares a aquellas bombitas de peste que vendían las pirotécnicas para gastar bromas.

Imagino que los mayores que estaban en el bar también tenían que aguantarle, sobre todo durante la última charleta de la noche, justo antes de que todos se marchasen a sus casas. Nosotros, los pequeños, como mucho le tirábamos huevos, globos de agua o le vaciábamos las botellas de vino picadas por debajo de la puerta de su casa, pero los mayores tenían inventiva para hacerle daño en lugares más dolorosos. Fue así como un pueblo entero se compinchó para gastarle la mejor broma que jamás he vivido, y de la que me enteré una década después.

El dueño del bar comenzó a grabar todas las noches el Telecupón en VHS, mientras uno de los clientes que pasaba los fines de semana fuera del pueblo dijo que se encargaría de buscar el máximo boletos de Telecupón, eso sí sin valor alguno.  Borraban la fecha rascando con una pequeñita navaja bien afilada y se hacían con decenas de cupones de cada día, con números diferentes. Durante dos días a la semana estuvieron, a veces vendiendo y otras regalando, cupones pasados de fecha sin fecha entre todos los que estaban en la barra, con la única idea de hacer creíble la historia. No siempre aceptaban todos. Algunos decían que sí y hacían el teatrillo de pagar, otros decían que no. El tonto, el tonto tonto, siempre aceptaba, ya fuese regalado o pagado.

Según mis cálculos habría pasado más de un mes, puesto que los chavales nos olvidamos enteramente del Telecupón. Ya nadie recordaba cuál fue la última vez que nos dejaron pasar al bar más allá de las 20:30. Era un martes, eso no olvidaré jamás porque yo tenía catequesis, y el dueño del bar citó antes del desayuno a quien pudiese pasarse. Allí se personaron varíos y les hizo saber que ya tenían una coincidencia. Un programa pasado de Telecupón ya grabado coincidente con un número de boleto de otro día distinto. La broma ya estaba preparada.

Esa misma noche nosotros seguíamos a lo nuestro, a los trompos. Lo primero que recuerdo es a Pedrito, uno de los chavales, llorando desconsolado golpeando la puerta del bar desde fuera, pidiendo que abriesen, porque el griterío que venía de dentro era ensordecedor. Las puertas se abrieron y entre un ambiente de jolgorio jamás visto el tonto tonto empezó a empujar a algunos de nuestros padres para salir del bar y marcharse corriendo mientras llamaba por las calles a su madre. Nosotros preguntamos de todo pero nadie nos contestó nada. Uno de los padres nos dijo que le habían pegado y que se había marchado corriendo como un cobarde buscando a su madre. Nosotros nos lo creímos.
A la tarde siguiente apareció con una bicicleta nueva, muy chula por cierto. Se la compró a Eduardo, el de la tienda, que por cierto también tenía su boleto de mentira. Al día siguiente apareció nuevamente en el bar, con un discman y una radio para el coche que el muy mongolo llevo al bar para enseñar. Se la vendió Eugenio, el de la tienda del pueblo, el que también estuvo en la barra con otro boleto de mentira. Agustín, el cajero de la sucursal empezó a avisar que la broma podría tener mal fin. Los demás decidieron continuarla. Si alguien aparecía con una camisa al uso, una con la que ya llevaba un año con ella le decía al tonto tonto: “Mira qué pedazo de camisa me he comprado. Me ha costado 50.000 pesetas. De seda. Gracias a Carmen Sevilla.” Y este tonto que aparecía al día siguiente con una cazadora de Don Paco Corte y Confección, como no, la tienda del pueblo, donde Paco el hijo del ya difunto Don Paco, también estuvo en la misma barra de bar con otro boleto de mentira.

Una mañana, Carmen, la mujer de un parroquiano del bar le contó a su marido que se había pasado el tonto a verle. Ella trabajaba en un miniconcesionario multimarca que había camino entre dos pueblos, en un entrecruce cogiendo la carretera de la funeraria. Que el tonto quería ahora un BMW.  El marido ni corto ni perezoso, le dijo que adelante, que el concesionario no era suyo, que si presentaba los papeles y se lo aceptaba la financiera se llevaría hasta la comisión.

El tonto apareció con un BMW, no de primera mano, pero sí como nuevo. Aparcó en la misma puerta del bar, donde nosotros jugábamos con los trompos. Pitó para que saliese la gente, como lo hace un auténtico cateto, con la ventanilla bajaba y pendiente de quién pudiese estar viéndole. Salieron todos los allí presentes, pero esta vez les resultó imposible aguantarse la carcajada. Se lo dijeron a gritos, como hacía él cuando te caías con la bicicleta, señalándole, en voz alta para que se enterasen todos, riéndose a pocos centrímetros de sus orejas. El puto gordo, con un enfado terrible se fue acelerando, incluso poniendo en peligro las piernas de alguno. El que le gritaba tonto al oído era el padre de Pedrito y éste, previéndose protegido por la actitud de su progenitor, en plena huida y acelerón, le tiró el trompo con especial ahínco rompiéndole un piloto trasero. Tras desaparecer la última brizna de olor a combustible quemado, nadie jamás supo nada de aquel tonto. Su madre se marchó a Benidorm con un viejo adinerado, decían. Este fin de semana me he enterado de que la mujer ha fallecido. La casa del pueblo nunca la llegó a vender. Estamos todos a la espera de que vuelva el tonto, veinticinco años después, para poner en orden los papeles de su herencia. Nunca un pueblo estuvo tan atento a la llegada de un tonto, pero de un tonto tonto.

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