viernes, 6 de julio de 2018

Llevo un tiempo sin publicar precisamente por esto

Hace algún que otro mes llamaron por la mañana al telefonillo de casa. Era un repartidor que preguntaba por mi mujer. Me extrañó que le cambiase el orden de los apellidos, pero en principio no le di importancia, así que abrí el portal. Cuando llegó al rellano volvió a llamar y le abrí. Fue rápido. Llevaba una gorra, iba vestido de azul, con unos pantalones de trabajo, limpios y una chaquetilla de cremallera medio abierta. No llevaba ningún identificativo de empresa. Me entregó el paquete, no me pidió firmar nada y se marchó. Si en ese mismo momento hubiese sospechado algo me hubiese asomado al balcón para verlo salir, sobre todo para observar el vehículo en el que se marcharía. Dejé el paquete en la encimera y continué con mis cosas.

Cuando volví a la cocina para picar algo me fijé en el destinatario del paquete. Era una pegatina al uso. No había ningún matasellos ni nada que lo pudiese identificar desde fuera. El nombre, al igual que indicó el repartidor preguntando por el telefonillo, no era del todo correcto. El orden de los apellidos se encontraba cambiado y le habían añadido gratuitamente un nombre compuesto. Esto ya me hizo dudar bastante. Llamé por teléfono a mi mujer y le pregunté si esperaba algún paquete. Me dijo que ninguno. Tomando atención por primera vez en lo raro de aquel asunto, decidí abrirlo.

Era un teléfono fijo, un DOMO de Telefónica. Estos teléfonos la empresa te los cobra mensualmente con un alquiler. Yo no había pedido ninguno. Además, lo mejor de todo es que yo no tengo en casa contrato alguno con Telefónica. Pensé que se pudiesen haber equivocado de casa, así que bajé a hablar con el portero y a preguntarle por los mismos apellidos que aparecían en aquella pegatina. Me dijo que no correspondía con los de ningún vecino, que él había visto entrar al repartidor, que preguntó directamente por mi piso exacto y por los datos similares a los de mi mujer y él fue quien le dio paso desde la cancela exterior y que ya una vez dentro fui yo quien le abrí la entrada del portal. No consideré hacerle más preguntas al portero sobre si le vio marcharse en qué vehículo. Me volví de nuevo a casa.

Le di un par de vueltas a la caja, pero no encontré nada relevante. La caja exterior llevaba dentro otra caja, esta sí, con el teléfono y los cables para conectarlo. Me llamó la atención la inexistencia de precinto exterior. El teléfono al menos sí disponía de unas pegatinas entre el auricular y el panel de botones como para querer indicar que era nuevo, listo para estrenar. Como ya he dicho, no tengo contratado en mi hogar Telefónica, así que tampoco tenía necesidad alguna de cambiar mi actual teléfono fijo, que además es portátil y a batería, por lo que hacer uso de él resulta bastante más cómodo que cualquier terminar de cable fijo. Saqué un juego de destornilladores de electrónica y desmonté el auricular. Tengo que decir que nunca antes me había dado por desmontar un DOMO, por lo que cualquier cosa que me encontrase no tendría porqué llamarme la atención. Me puse a buscar fotos en Google, pero no saqué nada en concreto. Di con algunos blogs de gente que despiezaba electrónica y me puse a hacer comparativas visualmente. Todo parecía normal hasta que decidí enchufarlo.

Existen en el mercado diversos aparatitos bastante baratos conocidos como Ghost Detector. En Aliexpress tienes modelos que no superan los 7€. También existen inhibidores potentes que primero localizan la señal y luego la neutralizan. Por potencia no me refiero a la fuerza de la inhibición, sino a la calidad del aparato. El caso es que yo tenía uno, pero no tenía ni idea de dónde lo había metido. Conservo un microondas antiguo que me encanta, a pesar de que las esquinas suelen dar bastante calambre. Me gusta sencillamente por eso, porque desde que me di cuenta lo puedo utilizar como el mejor detector de señales. No sé qué cojones ocurrirá en su interior cuando se pone en marcha pero es capaz de joderme hasta el bluetooth de un altavoz portátil que de vez en cuando pongo mientras cocino. Imagino que muy sano tampoco tiene que ser, pero no es que me pase precisamente ocho horas al día con el microondas encendido. Así que cogí unos cuantos metros de cable de teléfono y lo enchufé en la toma de la cocina, coloqué el DOMO detrás del microondas y me calenté un vasito de leche. Con el auricular colgado, es decir, sin dar tono alguno, el teléfono empezó a emitir pequeños pitidos. Estaba claro, algo raro había en él.

Me hice con otro Ghost Detector porque no tuve huevos de encontrar el mío y ahora sí llegué a concretar de dónde venía la señal. No era precisamente del altavoz, sino más bien de la escucha. Todo empezaba a parecerse demasiado a una película de Scorsese, pero desde hace muchos años aprendí que la realidad siempre supera a la ficción. Me he planteado demasiado tiempo sobre si escribir estas líneas o dejarlas olvidadas en cualquier cajón. Lo bueno de ir cumpliendo años es que dejas de comportarte según reaccionen otros, así que aquí estoy, todavía un poco impresionado e intentando averiguar el verdadero interés en hacerme llegar un teléfono fijo con un micro oculto, un micro con una pequeña antena incorporada, lo que me hace pensar que podría obtener la señal además por cercanía con su receptor. Por si me lees, fenómeno, lo volví a soldar y lo vendí por Wallapop.

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