lunes, 9 de julio de 2018

El marketing viral y los niños atrapados en la cueva de Tailandia

Todos conocemos los últimos hechos que nos llegan desde Tailandia. Un grupo de chavales que formaban parte de un equipo de fútbol tuvieron que refugiarse dentro de una cueva debido a unas fuertes lluvias monzónicas. No se ha terminado de aclarar muy bien cómo consiguieron adentrarse aproximadamente cuatro kilómetros hacia el interior y una vez ahí, tras el cese de las lluvias, se vieron atrapados debido a que las cavidades de la propia cueva quedaron inundadas. Existen tramos de cuatrocientos metros que solamente pueden cruzarse buceando. El tiempo para el rescate es una cuenta atrás debido a que la fuerza del monzón acecha y las condiciones dentro de la cueva, a pesar de que no son del todo extremas, podrían acabar con la vida de más de uno. Tanto gobiernos, como demás autoridades han querido aportar su granito de arena a la causa mandando a los mejores hombres de honor para solventar la situación. Las cámaras no paran de enfocar. Se necesitan héroes, se necesitan historias que vendan. La tragedia se formó como un accidente más, ahora toca rentabilizarla.

Es imposible no hacer ninguna comparativa de este suceso con el que ocurrió en Chile con aquellos treinta y tres mineros que pasaron bajo tierra atrapados sesenta y nueva días. Es un comportamiento social que ha ocurrido siempre. Las desgracias venden muchísimo más que todo tipo de evento en positivo. La tragedia nos une en el sofá de nuestras casas, nos genera emoción por vivir, nos empuja a valorar lo que tenemos, nos enseña a disfrutar. Nos muestra el camino a consumir.


Muchos recordarán la operación de salvamento de aquellos mineros como una obra de profesionalidad inmejorable, para otros espectadores, para mí, será recordada como la mejor campaña de marketing de Oakley. Atendiendo a la divina excusa de que aquellos mineros sufrirían tras su salida a la superficie con la luz solar, la empresa Oakley decidió regalarles a cada uno unas gafas de sol. La marca no paró de resonar en todos los medios de comunicación, incluso algunos los llegaron a vender como un acto de generosidad. Esto siempre me ha recordado a las obras sociales de las cajas de ahorros, que además de estar básicamente obligadas a ello por recibir dinero público, consiguen desgravarse con dichos eventos y a su vez suelen invitar a algún famoso para que tras su presencia y un buen photocall de fondo con los nombres de los patrocinadores, les hagan centenares de fotografías que se publicarán al día siguiente en todos los diarios. El altruismo real solamente lo practican dos locos idealistas.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? Es muy simple. En toda tragedia hay un momento en el que el siguiente paso se conoce tras la reunión de un grupo de expertos y la organización de unas mesas de crisis. Cuando se trabaja con una cuenta atrás más vale tomar una decisión que no hacer nada. No se puede permitir que la gente muera sin que nadie mueva un dedo. En este caso ese dedo ya ha sido movido. Ya ha muerto un buzo. Ya nadie podría decirles jamás que no han hecho nada. A esto se le llama el muerto útil. Todos estaremos de acuerdo que socialmente la vida de un niño vale más que la de un buzo militar que se presentó voluntario a una operación de rescate. A partir de este punto, si falleciesen todos los niños, se argumentaría que se hizo todo lo que se pudo.

El marketing entró hace unos días, especialmente con las primeras declaraciones del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien lanzó la invitación en una carta abierta a todos los niños atrapados en la cueva para disfrutar de la final del Mundial de Rusia 2018. Desde ese mismo momento, puede que con intención o sin ella, Gianni Infantino ya le estaba poniendo fecha al rescate. Fecha y lo más importante, catarsis.

La catarsis es el clímax que todo acto promocional desea perpetuar para el fin de los restos, tenga las intenciones que tenga. Doce, quince, o siete niños, los que sean, sentados en un palco presidencial, llorando de emoción, viendo la final del Mundial de Rusia 2018, vestidos de Nike, por ejemplo y bebiendo Coca-Cola, sería una imagen capaz de eclipsar incluso al evento futbolístico más importante.

Hagan sus apuestas. Hablen antes de que todo ocurra. Ya no vivimos en 2010 y al igual que la televisión se ha transformado, las redes sociales son ahora la Espada de Damocles que puede acabar boicoteando fuertemente a cualquier empresa. ¿Quién será la primera marca que patrocine la tragedia? ¿Cuánto se alarga el sufrimiento de las personas para hacerlo más rentable? ¿Quién guioniza este circo del horror?.

Nos encontramos en una fase casi final que va dando tumbos entre la acción eficaz y el escaparatismo. Esto comienza a parecer un concurso de decir gilipolleces que nunca podrían llevarse a la práctica donde cada magnate lo único que pretende es posicionar su inventiva como la más excelente para algo que saben de antemano que jamás se llevaría a cabo. He aquí la promoción de Elon Musk defendiendo tanto su idea de construir un tubo de nylon lleno de aire por el que los niños podrían cruzar gateando como el anuncio de la realización de pruebas con un submarino del tamaño de un niño para poder solventar sin problemas los largos metros de buceos en la oscuridad.

La sutil diferencia entre esas gilipolleces y las que podríamos decir un grupo de colegas en la barra de un bar es que él es millonario y al parecer a los millonarios se les escucha, aunque digan precisamente gilipolleces.

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