miércoles, 13 de diciembre de 2017

La humanización del perro, la animalización del hombre

Una de las señales clarividentes del Marxismo Cultural es el surgimiento de cualquier idea que menoscabe la composición de la familia tradicional, ya sean fomentar la visibilidad de las relaciones homosexuales, casarse con uno mismo, vientres de alquiler, poligamia, relaciones abiertas o como vamos a tratar hoy, las mascotas como figuras equitativamente humanas.

Para cualquiera es sabido que la domesticación del perro se inició para aportar al hogar dos conceptos tan necesarios como primitivos: vigilancia y seguridad. La evolución de esta situación ha sido llevaba al máximo exponente superlativo de la ridiculez. La humanización de los animales es la animalización de los hombres.


Me gustan los perros, que conste. Con ellos me pasa lo mismo que con las personas, disfruto tratándolos cuando están bien educadas. Además, me veo en la necesidad de decirlo, porque de cualquier otra manera se podrían malinterpretar mis palabras como una cruzada personal, un odio que para nada profeso.


Vivimos en una sociedad sumergida en un compendio de valores negativos, donde el egoísmo o el narcicismo son disfrazados de independencia, felicidad o solvencia, donde hemos pasado de mirar extrañados a una mujer soltera con treinta y cinco años a menospreciar a cualquiera que desee formar una familia al uso. La incapacidad de muchos por conseguir sus objetivos ha acabado por minar la escala de valores que sustentaba la mayoría española y europea. La inoperancia por no conseguir sentirte parte de ese todo mayoritario ha terminado bombardeando los moldes para que termines viendo bien que un perro puede ser el sustitutivo de un hijo.

Esto me lleva a reflexionar a menudo como donde unos pretenden ver amor incondicional hacia los animales yo veo la imposibilidad de adaptarte a otros humanos durante el tiempo suficiente como para terminar formando un grupo primario. En ningún momento vengo a lapidar cualquier tipo de relación emotiva con la naturaleza, ni mucho menos, entiendo y además comparto el sentimiento afectiva por los animales, más todavía por todos aquellos nobles acompañantes que darían la vida por nosotros sin dudarlo. 

El problema reside en esta nueva tendencia de los nuevos paladines animalistas, centrándonos en los perros sobre todo, cuando se vanaglorian de ser los principales inquisidores de los demás humanos. Los mismos que dicen abiertamente preferir la muerte de un hombre antes que la de un perro al uso, no del suyo, sino uno cualquiera. Este paradigma contemporáneo está tan enraizado que la equidistancia entre el trato humano y el trato animal ya no posee ninguna diferencia. Las propias cuentas de Twitter de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado amplían su influencia a mayor distancia cada vez que publican una gloriosa intervención salvaguardando la integridad de algún perro, mucho más que si le salvasen la vida a tu vecino en un incendio.

El perro como sustitutivo de la paternidad es la mayor y a la vez más seria ridiculez de nuestros tiempos. Este nuevo panorama sólo llevará al crecimiento más si cabe de una sociedad enferma, egoísta, egocéntrica y enamorada de sí misma, donde algunos se creen padres ya por sacar al perro tres veces al día. Mientras, en cualquier otra cultura alejada de la cristiandad los hijos vienen de cinco en cinco y no existe animalista alguno que intente explicarle a un imán el enriquecimiento cultural y el bagaje vital que te puede aportar dejar de engendrar para empezar a adoptar perros desprotegidos. Es un problema nuestro, de nuestra cultura, de nuestra sociedad, de nuestra escala intoxicada de valores.

Lo más curioso es el argumentario: son mejores que las personas -y ojo que no lo dudo, porque hay personas para tirarlas a un volcán- siempre están ahí, son el mejor amigo del hombre, salvan vidas, dan mucho cariño y mucha compañía, cuando estoy triste se da cuenta y se pone a mi lado, etc. Recibir, recibir y recibir. Todo es recibir, como quien se compra una Thermomix y no para de decirte lo bien que le salen las lentejas.

Creo que todos nos han preguntado alguna vez: “De ser un animal, ¿cuál te gustaría ser?”. No conozco a nadie que te diga el perro. El águila, el delfín, el león. Nadie quiere ser el perro, con lo bueno que es, que siempre está ahí, que salva vidas, que da un cariño tremendo, que es el mejor amigo del hombre, que es inteligente a más no poder, que parece que te está escuchando y te entiende. Nadie. Cuanto más lo elevan al paraíso supremo, menos se encuentra entre sus posibilidades.

Ser el perro llevaría implícito una relación jerarquizada donde el amo manda y recibe bastante más de lo que podrá aportarte. Sencillamente aman a sus mascotas por encima de las personas porque no es necesario, entre otras cosas, respetarlas, porque no hay que convencerlos de nada, porque no te critican, porque no rechistan, porque si quieres no tienes que acordarte de ellos, porque eres tú quien siempre va a dominar la situación, porque no protestan, porque verdaderamente no existe una relación de tú a tú, por muchos pelos que haya en tu sofá o por las veces que se meta en la cama contigo, pero sobre todo porque nunca implicará ceder. He aquí la única y auténtica razón de la dicotomía, amor perruno y odio humano.


Puede parecer un pensamiento absurdo pero esta fuerte influencia ha llevado no sólo a modificar el Código Penal, algo altamente necesario para proteger a todos los animales de los más descerebrados, sino además de replantear civilmente la consideración de animales como seres vivos. Esto puede parecer algo de perogrullo, pero no estamos planteándonos conceptos biológicos, sino la eliminación por completo de su antiguo término legal, el de semovientes, que a su vez y por lo general llevaba implícito el hecho de ser un bien atribuido al comercio. Pensemos que fuera de los animales callejeros, los perros y las mascotas en general son un gran negocio.

Esta aprobación dotaría a las mascotas de una condición de seres con sensibilidad reconocida. Aquí es donde quiero pararme y jugar a la predicción. La verificación civil de la emotividad en los animales terminará, no demasiado tarde, por reconducir su sistema legal de sacrificio, ya que pretenderán que terminemos considerándolo, por ejemplo tras el ataque a un hombre, como una sentencia de pena de muerte, por lo que tendría que pasar al menos un tribunal médico con una defensa justa, más si algunos se ponen graciosos, un tribunal perruno. 

Llegados a este punto es donde quiero indicar que nos queda muy poco para conocer la pena de privación de libertad para estos animales. Su reconocimiento jurídico como ser vivo les terminará llevando incluso a la posibilidad de ser calificados como asesinos si por desgracia terminasen llevándose a bocados a un niño que por allí pasase. Como seres vivos que serán y bajo la tendencia que trabajamos no estaría mal empezar a prepararse oposiciones a Instituciones Penitenciarias Perrunas.

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