23/12/25

Las tres ofensas

 Durante demasiado tiempo nos han hecho creer que la ofensa es un hecho objetivo, algo que ocurre de manera automática cuando una palabra cruza una línea invisible y hiere a alguien al otro lado. Como si el lenguaje fuera un arma y no un acuerdo. Como si el daño no dependiera tanto del oído como de la intención, del contexto o, sobre todo, de la voluntad de sentirse herido.

1/12/25

Bienvenidos a Discord

Cosas de diciembre. Por aquello de charlar y hacer una de esas listas de lo mejor del año. Por que sería una gran ocasión para felicitarnos la Navidad a grito de ¡Viva Cristo Rey! Por comentar lo bonito que es el catálogo de juguetes de El Corte Inglés. A fin de cuentas, por vivir.

DISCORD

12/11/25

La corrupción blanca o el negocio de la obediencia

La corrupción ya no lleva traje gris ni maletín. O al menos no necesariamente. No se esconde en despachos oscuros ni en cuentas numeradas. Ha aprendido a vestirse de fluorescente, a circular por el BOE y en este caso incluso a disfrazarse de Seguridad Vial. La corrupción moderna no roba, factura. No delinque, regula. Y lo hace tan bien que consigue que el ciudadano, además de víctima, se sienta orgulloso de su obediencia.

20/10/25

El reloj del miedo

Durante décadas, el cambio de hora fue una ceremonia cíclica tan absurda como incuestionable. Dos veces al año adelantábamos o atrasábamos el reloj convencidos de estar participando en un gran pacto colectivo por el ahorro energético. Lo decían los telediarios, lo repetían los ministros, lo confirmaban los expertos, y lo interiorizábamos como una liturgia más del progreso. Cambiar la hora era un gesto de obediencia climática, un pequeño sacrificio simbólico por el bien común. Nadie pedía pruebas, bastaba con la convicción de que algo se ahorraba. Bastaba con creer. Era sólo cuestión de fe.

25/9/25

Tu silla de los menesteres

Hace ya algunos años, uno de ésos tantos historiadores que pueblan nuestros monumentos, durante una visita en la que no se presentó nadie más, se explayó en la explicación de cada una de las salas de un precioso palacio monasterial. Imagino que le contaría lo mismo a todo el mundo, pero vengo a hacerte esta apreciación porque de las tres veces que he hecho la misma visita, solo me dieron esa información en esta última ocasión. Puede que fuese un invento o puede que fuese otro de esos mitos que se repiten tanto en círculos tan cerrados que al final terminan escapándose por algún ventanal y ahora vengo yo a replicarte una mentira más como si fuese una verdad incontestable. El caso es que me da exactamente igual, porque sea como fuere, creérselo es fácil, ya que a día de hoy, siglos y siglos más tarde, no es que hagamos exactamente lo mismo, sino que venimos haciendo cosas peores.

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