Te escribo a las cuatro de la mañana. Literalmente. Acabo de hacer un parón después de envolver el último regalo de Reyes para mis hijos. La casa está en silencio, ese silencio raro que solo existe cuando todos duermen y uno se queda a solas con sus pensamientos. Me he preparado un café pequeño y, sin saber muy bien por qué, me he acordado de 14.21. Y he empezado a escribirte.
No lo hago desde la cabeza, sino desde un sitio más frágil. Sonrío mientras escribo, pero se me humedecen los ojos. Supongo que es la mezcla del cansancio, la hora y todo lo que este momento significa.
Durante años no hablé con mis padres ni con mis hermanos. No hubo una gran pelea que lo explicara todo. Fue algo más triste y más común: discusiones pequeñas, decepciones acumuladas, palabras mal entendidas, silencios cada vez más largos. La relación se fue enfriando sin darnos cuenta. Dejamos de llamarnos. Dejamos de reunirnos. El cariño no desapareció, pero se diluyó hasta volverse casi invisible.
Cada uno siguió con su vida. Educados, distantes. Correctos, pero rotos.
Aun así, había algo que siempre nos había unido, incluso cuando ya no hablábamos, esa desconfianza compartida hacia la realidad tal y como nos la cuentan. Nunca tragamos del todo con los relatos oficiales. Siempre tuvimos esa intuición incómoda de que algo no encajaba, de que había que mirar un poco más allá. Era casi un hobby familiar, una forma de estar en el mundo.
Mi padre, militar ya jubilado, pudo comprobar demasiadas veces en su propia experiencia que lo tenía que redactar para sus superiores no coincidía con las notas de prensa que daba el gobierno de turno. Mi madre, ama de casa, pero con la vista muy larga, siempre tuvo más perspectiva desde su cocina que un ingeniero medio desde su trabajo.
Cuando empezó la pandemia ya estábamos más separados que nunca. Y un día, casi sin pensarlo, les envié un enlace. Era uno de tus textos sobre el coronavirus. No esperaba reconciliaciones ni milagros. Solo pensé: “Esto, al menos, lo entenderán”.
Me contestaron.
Primero con cautela. Luego con comentarios. Luego con preguntas. Y sin darnos cuenta, empezamos a escribirnos todos los días. No para hablar de nosotros, ya que eso aún dolía, sino para comentar cada actualización que publicabas. Tus textos se convirtieron en una excusa. En un punto de encuentro. Pensábamos juntos otra vez. Discutíamos con aprecio. Nos escuchábamos. Volvíamos a reconocernos sin forzarlo.
En pleno aislamiento, cuando todo parecía romperse, vivimos nuestra propia catarsis. No hubo grandes disculpas ni conversaciones solemnes. Solo algo más sencillo y más difícil a la vez. Nos volvimos a hablar sin reproches.
Hoy la relación es normal. Imperfecta, humana, real. Nos vemos, nos llamamos, nos queremos. Y ahora, mientras termino este café, me doy cuenta de algo que me emociona más de lo que pensaba. Este año no solo he envuelto regalos para mis hijos. También estoy envolviendo regalos para mis padres, para mis hermanos y para mis sobrinos, porque llevamos cuatro años reuniéndonos por Reyes para comer juntos, después de mucho tiempo pasándolo separados.
Nunca pensé que algo así volvería a ser posible.
Sé que no fue solo por un blog. Ni solo por un post. Pero también sé que sin ese lugar común, sin esas palabras que nos devolvieron un lenguaje compartido, quizá no habríamos encontrado el camino de vuelta.
Por eso te escribo. Porque a veces uno no sabe el alcance real de lo que hace. Porque nunca te escribí antes, ni te mandé un e-mail, ni te hablé por Telegram, ni me atreví a entrar en Discord por miedo a no saber ni qué decir. Porque te leí alguna vez vislumbrando la idea de que ibas a desaparecer de internet y esta noche me ha dado miedo poder perder la posibilidad de hacerte llegar estas palabras. Porque a veces un texto no cambia el mundo, pero sí recompone una familia alrededor de una mesa.
Un abrazo sincero,