sábado, 10 de octubre de 2020

La magia negra es muy peligrosa, sobre todo si crees en ella

Sorprende la nula prospección que hay en relación a cualquier problema social al que nos podamos enfrentar. Existe una paradoja política que bien se podría haber titulado la de las manos quietas. Su consistencia se basa en no hacer absolutamente nada cuando tienes el problema delante. Lo primero que tienes que hacer es excusarte de que los datos te han llegado ahora y que era imposible prevenirlo, para más adelante ya habiendo reunido el conocimiento supuestamente necesario como para poder atajarlo decir que ya es demasiado tarde y que no se puede hacer nada. Este escenario, que a una gran mayoría en España le parece y le ha parecido plausible como un método válido de trabajo, es el que fomenta un grupo de mediocres que nunca habrían sido ni tan siquiera capaces de dirigir una reunión en su comunidad de vecinos.

Durante toda esta pelea de datos engordados por supuestos sanitarios expertos entrevistados que resultaron siempre ser militantes del mismo partido político, existe tras esa niebla que han sabido crear una realidad que nos afectará a todos en menos de una década, ocurra lo que ocurra y hagan lo que hagan. El apocalipsis psicológico ha sido coreografiado para que lo sufra el laboratorio masónico que es nuestro amado país, España.


En Sudamérica habitan numerosas tribus perdidas por el Amazonas, al igual que en África o en la India. La gran mayoría de ellas viven del cuento de creerse todavía indígenas tradicionales, lo mismo que los indios americanos. Aunque los veas con taparrabos y debajo de una choza muchos de ellos reciben grandes sumas de dinero por parte de la industria maderera y del petróleo. Al igual que al resto de seres humanos les mantienen callados mientras explotan sus tierras para que luego doce imbéciles de Greenpeace, a los que también les pagan los mismos, se vayan de aventura costeada interpretando una legítima protesta. Aun así, de entre todo este circo, existe todavía alguna tribu realmente independiente del mundo civilizado, los mismos que si viesen una máquina de cortar árboles pensarían que son extraterrestres que han llegado a sus tierras.

Investigadores como Carlos Junquera entre otros, pasaron hasta once años conviviendo con tribus como los Harakmbet donde aprendieron la realidad del chamanismo dentro de su cultura, bastante más allá de todas las parafernalias que hayamos podido ver en el cine. En estas tribus realmente alejadas de toda civilización el chamán no es un cuento para atraer turistas, sino una divinidad capaz de conectar el mundo que ellos conocen con el más allá. Es su religión, su manera de entender la vida y enlazarla con todo aquello que pueda escaparles a la razón.

Las investigaciones concluyeron varias cosas: la primera de ellas es que los estados de trance que vivían los pacientes ante una sesión de chamanismo estaban bastante relacionados con alucinógenos que ellos mismos consumían de su propia botánica nativa; la segunda vino a ratificar el inmenso poder la psicología humana. Y en esta justamente me quiero centrar hoy.


Este tipo de tribus suelen tener en común el tratamiento de la enfermedad. Ellos no la entienden sin relacionarla con el mundo espiritual. Los síntomas de una enfermedad llevan a la búsqueda de una botánica concreta, al igual que nosotros iríamos a la farmacia con una receta pidiendo antibióticos de algún tipo. De esta manera, las plantas realmente no son consideradas plantas sino espíritus capaces de atajar la salida del demonio que llevarían dentro, es decir, de la enfermedad.

Los mismos investigadores pudieron comprobar que ciertos alcaloides de estas plantas tenían capacidades curativas. En la civilización seguimos conociendo las bondades de las infusiones, pero el avance de la medicina y de los laboratorios ha terminado por empujar la botánica a lo que conocemos como remedios caseros. Ellos, alejados de una vida de sobrealimentación, radiaciones, holgazanería y químicos alimenticios solían superar perfectamente la gran mayoría de sus dolencias y enfermedades gracias a las manos y los ungüentos del chamán, al igual que nosotros nos tomaríamos un ibuprofreno tras una leve torcedura de tobillo. Científicamente ninguno estaba más capacitado como para curar un cólico, que por otra parte no es ninguna tontería alejado de toda civilización. Lo que os quiero decir es que no penséis que eran capaces de curar un cáncer o reducir un tumor, entre otras cosas porque eran situaciones que no llegaron a verse jamás.

Una tarde hubo un importante revuelo en el poblado. Se notaba la tensión y todos estaban a la espera de la decisión del chamán. Una mujer de quince años, madre de dos hijos, fue apartada del grupo, aislada en la peor choza de todas. Todos estaban asustados. La humillaban y señalaban. Le aplaudían a un ritmo que para ellos significaba desprecio. El investigador fue a verla. Nada que temer. La mujer tenía psoriasis, más llamativa si cabe siendo blanquecina en una piel bastante morena. El chamán se acercó a ella y la maldijo a gritos a la escucha de todo el poblado. Para ellos no existía cura para la psoriasis. Esas manchas eran el resultado de un demonio que le quemaba por dentro queriendo salir de su cuerpo. Fue así como ella pasó a ser un peligro para el resto de la supervivencia del poblado.

La mantuvieron confinada, como a una apestada. Le daban de comer y de beber. El chamán se pasaba a verla cada luna llena. La observaba y viendo que las manchas no desaparecían, la volvía a maldecir. Ella no pudo ver más a su familia. No pudo abrazar a sus hijos. No disfrutó de las noches en el fuego. No comió la caza en compañía. Ella no trabajó más. No ayudó a construir. No la dejaron ir a por agua al pozo. El aislamiento en esa choza de paja le afecto tanto que su aspecto empeoraba con cada visita del chamán. El demonio que nunca tuvo dentro la consumía. Se le cayó el pelo. Le originó un tick en el párpado. Empezó a gritar como único consuelo. Se autolesionó. Todo ello no hizo más que reforzarle al resto lo peligroso que era tenerla cerca. A los tres meses falleció. Había dejado de comer. Depresiva y aislada. El día que ya por fin dejó de gritar el pueblo celebró una fiesta alrededor del fuego purificador. Ellos pensaban que entre todos le había ganado la batalla al demonio. Ella solamente tenía psoriasis.

Lo importante de esto es abandonar de vez en cuando el espacio físico del problema para abordar el laberinto psicológico al que nos quieren someter. El juego aquí está en llegar a vislumbrar en nuestra civilización quién hace de chamán y quién tendrá psoriasis dentro de diez años. Lo único que se puede sacar en claro de todo esto es que el pueblo lo formamos los mismos de siempre. Llegados aquí y tras leerlo todo volved arriba y dadle otra vez al play al vídeo de la niña. Ahora lo único que nos queda es esperar que pasen las lunas, hasta que cumplamos otros diez años más. Quien llegue.