viernes, 17 de noviembre de 2017

La soledad como base inequívoca del intelecto

No me cabe ninguna duda. Llevo ya un tiempo dándole alguna que otra vuelta a mi cabeza intentando analizar el porqué de que ciertos patrones de comportamiento humano terminen destruyendo lo que durante décadas fue un yacimiento sin control de sapiencia bien dirigida. No sé dónde leí que Gleen Gould dijo que por cada hora que pases acompañado tendrás que echar días intentando desintoxicarte, a lo que en mi caso me gustaría añadirle que en esta actualidad en la que nos movemos, lo más fácil de todo no es estar ya de por sí acompañado, sino encima, muy mal acompañado. Robert Sapolsky, afamado primatólogo y escritor americano, tuvo que marcharse a Kenia para estudiar a los monos, a mí en cambio me basta con sentarme en el bar de abajo rodeado de amigos.

El intelecto es el compartimento donde cabe algo más allá de la propia inteligencia, es un estante que no será nada si solamente lo llenas de conocimientos, es la pira que solamente va a prender si además de todo lo anterior le añades entendimiento. La RAE lo define como la potencia cognoscitiva racional del alma humana. Yo prefiero bajar los conceptos al suelo y definirlo como toda aquella cualidad que debe de poseer un ser humano para al menos no ser catalogado como un completo imbécil.


He conocido personas maravillosas cuyo cerebro aspiraba a los mejores despachos que están siendo sometidas al escarnio público de la imbecilidad consentida por ellos mismos, al pasaje en primera clase del más triste tren descarrilado de la ignorancia. Recuerdo ahora las palabras de un buen colega guitarrista profesional que después de pegarse al día doce horas practicando decía que no podía salir de su casa y parar los ensayos de los punteos de Yngwiee Malmsteen para escuchar tantísimas tonterías en la calle.

La soledad es la condición sine qua non para convertirte en una persona de provecho. Es así, no hay otra. Un alto porcentaje de tu socialización secundaría debes pasarla hablando contigo mismo para no terminar siendo otro gilipollas más. No existe un ser humano decente que haya hablado más con otras personas que con él mismo. Es más importante conocer tus interiores que desarrollar todas las teorías del universo que te rodea. Solo así sabrás el día de mañana qué camino coger sin plantearte ninguna nueva duda, porque la mayoría de todas ellas ya han sido resultas en tu fuero interno, mientras estabas tirado en la cama o mientras pelabas cebollas para un guiso.

Hablo solo lo suficiente como para autoconsiderarme un enfermo mental sin necesidad de que tenga que venir un facultativo a transcibírmelo en ningún informe. La diferencia es que mi locura no supone ninguna desviación social y tengo la seguridad en mí mismo como para defender cualquiera de mis pensamientos delante de mi verdugo, alejado de cualquier ejercicio de soberbia, de valentía o de cabezonería, simplemente apoyándome en los fuertes cimientos de mis convicciones, aquellas que he ido forjando cada vez que me sorprendía a mí mismo dialogando con mi otro yo para cogerme en mi propia mentira.

Más allá de la tan necesaria familia, la mejor compañía que puede proferarse cada cual es uno mismo. De cualquier otra manera es como la sociedad, con su cultura mayoritaria, termina erosionándote la psique para que termines reflejando en tu figura los mismos comportamientos sociales estereotipados. Esto es lo que el psiquiatra Abram Kardiner llamó personalidad básica. Esta personalidad es la forjada dentro de las instituciones primarias, tales como la familia, donde los niños no utilizan ningún tipo de planteamiento ante los dogmas paterno filiales que reciben, simplemente cumplen. El problema viene cuando la personalidad se retrotrae a esa etapa y el modelo de comportamiento viene ahora generado por las instituciones secundarias, tales como el grupo de amigos, los medios de comunicación o las tendencias. Aquí es cuando a pesar de tener treinta años y parecer ser independientes intelectualmente la sociedad termina creando el nuevo problema de este sistema universitario, tontos con título.

Todo este proceso de socialización mal llevado entra con más fuerza si la soledad que has tenido contigo mismo ha sido solamente fruto de la marginación infantil y no de un convencimiento propio. Me explico. Cuando una persona está cien por cien convencida de que él es su mejor compañía para desarrollarse como un hombre de provecho no tiene la necesidad de querer escapar de su mundo y de inventarse excusas baratas para hacer creer al resto que es feliz con su vida. Sin embargo, cuando la marginación o la exclusión social es la única razón de su aislamiento, por mucho marketing de su felicidad que haga en el fondo siempre estará deseando escapar de ese pozo de tristeza. Es como cuando los putos gordos nos intentan vender durante veinte años que son gordos y felices, despojados de todo complejo, pero tras recibir ese gran varapalo del amor se ponen a dieta los muy hijos de puta y terminan perdiendo treinta y cinco kilos en un tiempo récord para a continuación decirte que ahora sí que son felices de verdad. Si hay algo peor que un gordo traicionero, es un puto gordo marginado traicionero. La exclusión social que sufrieron, incluso llevada al límite más extremo, les habría terminado convirtiendo en los seres cabales que empezaron siendo cuando se pasaban las tardes enteras incubando raquitismo porque lo último que conocían sus pieles era el sol vespertino. De una adolescencia dolorosa se puede salir muy reforzado, pero de una adultez mal reconducida no se sale jamás. He aquí los tontos con título.

La única relación humana reiterada que podría concebir fuera de la familia y del trabajo productivo, es la que se hiciese efectiva entre una élite intelectual que absolutamente nada tuviese que ver con su status social ni con sus posiciones socioeconómicas, sino nada más con el porcentaje de conversaciones útiles que se hayan dedicado a sí mismos. Una visión social que va más allá de la baratería pedante y petulante de la que nos resulta muy difícil escapar cada día.

A veces a muchos habría que mandarles a callar y darles una guantá con la mano abierta, porque sinceramente, no se merecen ni esta explicación. De este nuevo desorden nos salvamos solo unos pocos. Y sí, digo nos salvamos. Yo uno de ellos.

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