sábado, 4 de marzo de 2017

Los españoles fuimos emigrantes pero no delincuentes

Uno de los items que están incluidos en absolutamente todos los argumentarios del progresismo más rancio es que los españoles en su momento también fuimos emigrantes. No penséis que este tipo de salidas rápidas no están medidas y son fruto de la improvisación. Todo este nivel oratorio sale de las fábricas que suponen los despachos de abogados ligados a ciertos partidos políticos, juristas en su mayoría bien recomendados por amigos y camaradas de manifestaciones y protestas. Hoy quiero simplemente hacer hincapié en las grandes diferencias que supusieron el éxodo español hacía otros países y la venida de las grandes olas de inmigrantes que España recibe casi a diario.


En primer lugar tendríamos que analizar el contexto histórico y social en el que dichas oleadas ocurrían. Nos centraremos por no hacer de esto algo infumable en la década de los 60 y 70, cuando en España se aprobó la Ley de Ordenación de la Emigración y muchos españoles se marcharon a hacer las Américas o a trabajar en una Europa bastante más desarrollada. Existieron especialmente dos regiones que aportaron un porcentaje mayor de emigrantes con respecto a todo el resto del país, de esa manera Galicia y Andalucía fueron los principales nuevos pobladores.



Hablamos de ciudadanos que vivían en una dictadura de caracter fascista, en la cual el Generalísimo Don Francisco Franco gobernaba bajo una educación cristiana y católica y con la responsabilidad de un código penal férreo, manteniendo leyes duras de Segunda República Española tales como la Ley de Vagos y Maleantes. Es decir, que dichos emigrantes eran conocedores de la responsabilidad que llevaba consigo cometer algún ilícito penal. A su vez en su casi total mayoría todos ellos viajaron a Europa con un contrato de trabajo previo. Antes de viajar conocían ya su futura labor y en muchas ocasiones su sueldo y hasta su nueva vivienda ya que las propias empresas europeas facilitaban la entrada de la nueva mano de obra y en ningún momento los españoles eran ubicados en guetos. La integración de estos nuevos ciudadanos era totalmente acorde a las costumbres alemanas, belgas o francesas.

En el caso de las Américas se calcula que al rededor de 200.000 personas cruzaron el Atlántico en la búsqueda de una nueva vida, entre otras cosas porque al igual que en la emigración europea, la dictadura de Franco lo permitía, en diferencia de todas aquellas dictaduras comunistas destructivas que no permitan la salida de tus propias fronteras. Estos nuevos inmigrantes viajaban con mucha mayor incertidumbre que los que se dirigían a vendimiar a Francia o a trabajar en las grandes fábricas centroeuropeas. Muchos de ellos lo hacían apoyados en familiares que ya estaban allí. Cuba, Brasil o Argentina fueron los países que más españoles recibieron.


La principal diferencia con la inmigración actual es que en veinte años de españoles buscándose un futuro mejor jamás se elevó el índice de criminalidad de los países receptores. No aumentaron los casos referidos a la actual Ley de Violencia de Género, no existieron nuevas violaciones, ni hubo saqueos, ni se quemaron coches, ni contenedores, ni se exigió a un gobierno nada que no les correspondiese por ley. Es más, ni se priorizó con dinero público en ningún momento la atención a dichos emigrantes.


Los argentinos, los alemanes, los polacos, los brasileños o los holandeses seguían siendo prioritarios para sus gobernantes. Los españoles no accedían a viviendas de protección oficial, no tenían atención prioritaria en los hospitales, no recibían absolutamente ninguna subvención, solamente trabajaban, le sacaban partido a la diferencia de divisas y enviaban los que estaban solos parte de sus nóminas a sus familias en España. Cotizaban en los nuevos países, eran regulares pagadores y aportaban a la nueva economía nacional. Aprendían el idioma, lo hacían suyo, vivían integrados en la sociedad. Sencillamente lo único que hacían era sumar. Todo esto entre otras cosas porque en sus cabezas siempre estaba la claridad de una educación basada en el respeto a la autoridad española.


Siguiendo con este desarrollo los calabozos de dichos países no se llenaron de españoles. En Madrid un amplio porcentaje de los encartados en diligencias son inmigrantes ilegales. Colapsan nuestro sistema, nuestra seguridad, nuestros funcionarios, nuestros cirujanos y bomberos.


La comparativa autoritaria con Marruecos, Argelia, Mali, Nigeria, Senegal o Sierra Leona es totalmente contraria a la que nosotros vivimos. En sus países son incapaces de mover un dedo, puesto que dichas autoridades no tiemblan lo más mínimo si tienen que matarte directamente y arrojarte al mar, pero no obstante ellos son conocedores del trato de algodón y de la alta sensibilidad de la que disponen cuando pisan estas tierras. Algo parecido ocurre con Colombia, Perú, Ecuador o Bolivia, éstos disponen de una mayor facilidad puesto que los tratados de bilateralidad les ofrecen facilidades para venir puesto que fueron antiguas colonias del Imperio Español, pero la subida económica de sus propias países produjo un efecto llamada de vuelta, quedándose por lo general en España ciudadanos que en muchos de los casos conocían la poca prosperidad de la que dispondrían volviendo a sus casas, entre otras cosas porque las autoridades y jueces estarían encima de ellos. Es decir, que España recibía inmigrantes por y para delinquir, algo que los españoles jamás hecho hecho en ninguno de los países de los que hemos necesitado.


Uno de los ejemplos más claros de todo esto fue la entrega voluntaria de uno de los delincuentes más buscados. Lo más curioso además de este hecho es que hablamos de una persona que no tiene porque ser considera emigrante en la actualidad puesto que el Espacio Schengen le brinda la posibilidad de pasear por Europa a su antojo sin tener que pasar ningún control fronterizo. Hago referencia al rumano Ioan Clamparu, más conocido como Cabeza de Cerdo, un europeo que hacía de las suyas esclavizando miles de mujeres. Cabeza de Cerdo vive de traficar con mujeres, una de sus industrias más conocidas se encontraba y encuentra en Madrid en el Polígono Marconi, un auténtico supermercado del sexo donde decenas de mujeres están a la orden y antojo de una organización criminal que lleva décadas implementada en España. Uno de los datos a analizar más curioso es que Rumanía entró a formar parte de la Unión Europea en el año 2007, por lo tanto antes de esa fecha cualquier ciudadano rumano que estuviese en España o estaba de vacaciones o era un emigrante legal o ilegal. A raíz de la entrada de Rumanía en la UE el propio país realizó una llamada a todos sus ciudadanos repartidos por Europa puesto que ahora el último país en formar parte del club es el que más ayudas y subvenciones debe recibir, es el momento de crecer y prosperar dentro de sus propias fronteras. La mayoría de los rumanos lógicamente regresaron a su nación para disfrutar de las bondades de las puertas abiertas a una nueva Europa, al igual que cuando le ocurrió a España. La diferencia reside en que repartidos por toda Europa y más concretamente por España quedó repartida una población de rumanos que no tenía ninguna intención de volver a casa puesto que entre otras cosas su huida fue básicamente para delinquir desde un principio en país con las leyes bastante más blandas.


Cabeza de Cerdo ha estado buscado por la Interpol con orden de captura en Rumanía, Francia, Alemania, Bulgaria, Polonia y España, entre posiblemente otros países más que no colaboran con ella. De todos ellos Ioan Clamparu se entregó voluntariamente en el que sus abogados le recomendaron que la pena sería menor y el trato en prisión sería ampliamente mejor. Creo que no me hace falta ni nombrar dónde lo hizo.


En líneas generales, los emigrantes españoles jamás pisaron tierras ajenas con la idea ya preconcebida de quebrantar sus leyes, violar a sus mujeres, colapsar sus instituciones públicas o formar durante décadas mafias para vivir de las grietas de un acomplejado Estado de Derecho.

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