Hace años leí un documento de treinta y dos páginas titulado Marruecos, el Estrecho de Gibraltar y la Amenaza Militar sobre España. Lo leí, como os digo, en su momento. Tomé unas notas, como suelo hacer cada vez que leo algo interesante. Las archivé. Y como casi siempre, me olvidé de ellas. Hasta ayer. Hasta justamente ayer. Cuando nuevamente Marruecos decidió invadir nuevamente España.
No era un artículo de opinión, ni un hilo de Twitter, ni uno de esos vídeos de YouTube donde la música épica intenta suplir la falta de argumentos. Este documento es un informe de abril de 2021 desarrollado por tres analistas y publicado por el Instituto de Seguridad y Cultura. Uno de esos documentos que casi nadie lee porque no promete escándalos, no genera clics y obliga a detenerse en una virtud que nuestra época considera una pérdida de tiempo. Pensar.
MARRUECOS, EL ESTRECHO DE GIBRALTAR Y LA AMENAZA MILITAR SOBRE ESPAÑA
Vivimos convencidos de que la estrategia consiste en reaccionar a lo que ocurre. Ellos, sin embargo, hablan de planificación, de capacidades, de equilibrios regionales, de sistemas integrados de defensa aérea, de proyección de poder y de escenarios que probablemente no lleguen mañana ni pasado mañana, pero que podrían condicionar el mapa del Mediterráneo dentro de diez o veinte años. Es una forma de mirar el mundo completamente distinta. La gran mayoría observa el presente, pero los Estados observan el tiempo.
Hay una frase del informe que me obligó a detener la lectura unos minutos. Los autores explican que el proceso de modernización militar marroquí no solo está corrigiendo las tradicionales limitaciones de sus Fuerzas Armadas, sino que permitirá al país proteger su territorio, proyectar poder hacia las zonas limítrofes y monitorizar sus espacios de interés. Después añaden una conclusión mucho más interesante que cualquier titular. Advierten de que esta evolución estratégica tendrá consecuencias potencialmente negativas para España y para la estabilidad del Estrecho de Gibraltar.
No dicen que vaya a haber una guerra. No anuncian una invasión. No pretenden asustar a nadie. Simplemente describen cómo cambia el tablero mientras nosotros seguimos discutiendo únicamente sobre las fichas. Quizá ahí resida la mayor diferencia entre una sociedad que piensa estratégicamente y otra que vive atrapada en la actualidad. La gran mayoría consume los acontecimientos, mientras otros pocos analizan los procesos.
Mientras aquí discutimos durante cuarenta y ocho horas sobre el último titular, otros países dedican décadas a construir puertos, ampliar infraestructuras, desarrollar industrias militares, adquirir sistemas de vigilancia, reforzar alianzas internacionales y consolidar posiciones geográficas que probablemente no necesiten utilizar nunca. Porque la estrategia, precisamente, consiste en preparar escenarios que uno espera no tener que afrontar.
Otra de las conclusiones del documento vuelve a llamar poderosamente la atención. Sus autores recuerdan que una parte de la cultura estratégica marroquí mantiene como referencia histórica el concepto del Gran Marruecos, una visión que incluye Ceuta y Melilla dentro de ese imaginario territorial. Incluso recogen las declaraciones realizadas por el entonces primer ministro Saad Eddine El Othmani, quien llegó a plantear que, una vez consolidada la cuestión del Sáhara Occidental, Ceuta y Melilla podrían formar parte de la agenda bilateral entre ambos países.
No sé si eso ocurrirá algún día. No tengo la menor idea, porque tampoco sé si dentro de cinco años los intereses del eje USA-Israel podrán cambiar. Lo que sí sé y de lo que estoy muy seguro es que este tipo de informes solo lo leemos unos cuantos locos a los que nadie les pide opinión para llevar a cabo políticas de seguridad y defensa. Y eso, queridos lectores, es algo bastante preocupante.
Lo que no podemos negar es que alguien ha dedicado meses a estudiar escenarios que aquí apenas ocupan unos segundos en un informativo. Y esa diferencia ya debería hacernos reflexionar. Ayer las imágenes de Ceuta y Melilla volvieron a ocupar todas las pantallas. Miles de personas intentando cruzar una frontera. Durante unas horas las redes sociales hicieron exactamente lo que mejor saben hacer. Unos redujeron todo a una cuestión humanitaria. Otros lo resumieron todo en un problema policial. Algunos lo interpretaron únicamente como un fracaso político. Otros aprovecharon para confirmar las ideas que ya tenían antes incluso de ver las imágenes. Mientras tanto, yo seguía pensando en aquellas treinta y dos páginas. No porque expliquen lo sucedido. Porque no lo hacen. Sino porque obligan a contemplar el escenario desde una altura distinta.
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Existe una costumbre profundamente occidental que consiste en creer que la historia avanza mediante acontecimientos aislados. Como si cada crisis naciera por generación espontánea. Como si la geopolítica fuese una sucesión de casualidades. Sin embargo, los estrategas hablan otro idioma. Hablan de tendencias. De capacidades. De equilibrios. De correlaciones de fuerzas. De decisiones cuyos efectos quizá no puedan medirse hasta dentro de una generación.
Tal vez ese sea nuestro mayor problema. Seguimos esperando que la historia llame a la puerta con uniforme militar. Nos cuesta aceptar que las tensiones entre Estados pueden manifestarse mediante instrumentos mucho más complejos que un ejército cruzando una frontera. Las relaciones internacionales no se desarrollan únicamente mediante la fuerza. También existen la diplomacia, la economía, la energía, las infraestructuras, la tecnología, la influencia cultural y tantos otros instrumentos que configuran lo que hoy llamamos poder. Reducir toda la estrategia a la imagen romántica de una guerra convencional quizá sea la mejor forma de no entender el siglo XXI.
Mientras leía mis notas no podía evitar pensar que el pueblo español sigue viviendo pendientes del siguiente telediario, mientras otros planifican el siguiente cuarto de siglo. Y esa diferencia resulta devastadora. Porque un país no se vuelve relevante el día que compra un sistema de armas, ni el día que inaugura un puerto, ni el día que firma una alianza. Todo eso es únicamente la consecuencia visible de una idea que comenzó mucho antes. Las naciones fuertes no improvisan. Construyen. Acumulan. Y sobre todo, esperan.
Nosotros, en cambio, hemos terminado creyendo que gobernar consiste en sobrevivir hasta el siguiente ciclo electoral. Que pensar más allá de cuatro años es una extravagancia. Que la estrategia pertenece a los libros de historia y no a los Consejos de Ministros. Quizá por eso documentos como este resultan tan incómodos. Porque obligan a levantar la vista del presente. Porque recuerdan que los Estados no desaparecen cuando cambian los gobiernos. Que los intereses nacionales sobreviven a los partidos. Que la geografía permanece mientras las ideologías pasan.
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Puede que dentro de veinte años muchas de las hipótesis planteadas por sus autores no se hayan cumplido. Ojalá. Pero lo dudo mucho. Porque el mejor análisis estratégico no es el que acierta una guerra, sino el que ayuda a evitarla. Pero también puede ocurrir que algún día miremos atrás y comprendamos que todas las piezas llevaban mucho tiempo colocándose delante de nuestros ojos. Y que el verdadero error nunca fue no disponer de información. Fue dejar de pensar estratégicamente porque nos acostumbramos a creer que la historia siempre les ocurre a los demás.
Algunos solo entenderían vivir en una guerra si viesen ante sus ojos trincheras y tanques. Pero los tiempos han cambiado. De hecho cambiaron hace tanto, que son incapaces de entender que llevan viviendo en una guerra híbrida más de quince años.
A Marruecos le quedan menos de cinco años para que den ganas de irse a vivir allí. Recordadlo. Un país fuerte, con un índice bajísimo de delincuencia, una política criminal robusta y una seguridad a base de vaciar sus cárceles como si fuese un estercolero en España. No olvidéis jamás que en Marruecos, un hurto se castiga de uno a cinco años de prisión.
Puede que el problema esté en lo de siempre. Y es que seamos nosotros los que necesitemos a un Mohamed VI.