24/5/26

Lo mejor que le puede pasar a Zapatero es que el PP gane las elecciones

La política tiene algo de incendio forestal. No siempre sobrevive el más fuerte. A veces sobrevive el que consigue dejar de arder antes de que el viento cambie de dirección. Hay algo profundamente paradójico en el momento político actual. Mucha gente cree que lo mejor que le puede pasar al entorno político de la izquierda es volver a ganar las elecciones. Más tiempo. Más poder. Más capacidad para ordenar el relato. Pero quizá la realidad sea bastante más incómoda.

Quizá haya determinadas figuras para las que una derrota sea, en términos estrictamente humanos y reputacionales, un alivio. Porque el foco tiene una cualidad que pocas veces se entiende bien. No ilumina. Quema. Cuando un gobierno permanece demasiado tiempo en el poder sucede algo inevitable. El cansancio social deja de ser ideológico y se vuelve atmosférico. Ya no importa tanto lo que haces, sino que llevas demasiado tiempo ocupando el paisaje. Todo empieza a mezclarse. Los errores presentes reabren conversaciones del pasado. Las amistades incómodas reaparecen. Los nombres que parecían archivados regresan al debate público como esas humedades antiguas que vuelven a salir cuando la pared ya no puede sostener más capas de pintura.

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Y en ese ecosistema político hay figuras que viven una situación especialmente delicada. Personas que, sin ocupar necesariamente el centro formal del poder, orbitan demasiado cerca de él como para no ser observadas. Ahí es donde aparece una idea curiosa. Una de esas ideas que parecen absurdas al principio y terminan teniendo cierta lógica cuando se miran despacio.

Quizá lo mejor que le podría pasar a José Luis Rodríguez Zapatero sería precisamente una victoria del PP. No por afinidad ideológica. No por simpatía política. Sino por una razón mucho más vieja y pragmática. El cambio de foco. Cuando cambia un gobierno, cambia también la conversación. La maquinaria mediática gira sobre su propio eje. Nuevos ministros. Nuevos errores. Nuevas promesas incumplidas. Nuevos escándalos, reales o magnificados. El país entra en otra pantalla.

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La oposición deja de mirar hacia atrás con intensidad quirúrgica porque ahora tiene la responsabilidad de gestionar el presente. Gobernar ocupa mucho tiempo. Muchísimo más que investigar. La historia reciente española ofrece ejemplos de cómo ciertos asuntos políticos pierden temperatura cuando el ciclo cambia y el interés público se desplaza hacia otros conflictos. No necesariamente porque desaparezcan, sino porque la atención colectiva es limitada y la política tiene una capacidad extraordinaria para sustituir un tema por otro.

A veces da la sensación de que la verdadera amnistía en política no la conceden los tribunales ni los parlamentos. La concede el calendario. Porque el poder también sabe algo que los ciudadanos olvidan. La indignación es un recurso agotable. Ahora bien, existe también el escenario contrario. El de la continuidad. El de un país donde el malestar social, el desgaste institucional o la polarización sigan aumentando y donde determinados nombres, relaciones o etapas pasadas permanezcan constantemente bajo el foco por pura acumulación narrativa.

LA SIEMPRE DECEPCIONANTE POLÍTICA

No porque exista necesariamente una persecución organizada, sino porque cuando una misma etapa política se prolonga demasiado tiempo, todo termina conectándose en el imaginario colectivo. El presente deja de explicarse solo y empieza a buscar culpables antiguos.

La política española, además, tiene una costumbre muy nuestra. Cuando las cosas van mal, nunca basta con señalar al piloto. También se mira al copiloto, al anterior conductor y al que diseñó la carretera. Por eso quizá el cálculo más inteligente en política no siempre consista en resistir un año más. A veces consiste en desaparecer del plano justo antes de que empiece el siguiente capítulo. Porque hay derrotas que, vistas desde lejos, se parecen demasiado a una retirada estratégica.

Y hay victorias que terminan saliendo carísimas.

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