No sé exactamente cuándo ocurrió. Supongo que sucedió de la misma forma en la que suceden casi todas las transformaciones profundas de una sociedad, sin que nadie sea capaz de señalar el momento exacto en el que la frontera fue cruzada. Un día las graduaciones universitarias eran una ceremonia reservada para quienes habían atravesado años de estudio, exámenes, sacrificios y renuncias, y al siguiente descubrimos que también existían graduaciones de guardería, graduaciones de primaria, graduaciones de secundaria y, probablemente, si seguimos avanzando por esta pendiente, terminaremos organizando actos solemnes para celebrar que un niño ha aprendido a atarse los cordones o ha conseguido terminar un cuaderno de caligrafía sin salirse demasiado de las líneas.
No me malinterpretes. No tengo nada en contra de las celebraciones. Conforme uno envejece comprende que la vida contiene muchas menos alegrías de las prometidas y que cualquier excusa para reunir a la familia alrededor de una mesa merece ser defendida. El problema nunca ha sido la celebración. El problema es la escenografía. La obsesión contemporánea por convertir cualquier acontecimiento ordinario en una representación solemne. Como si una sociedad incapaz de producir grandeza hubiese decidido compensar esa carencia multiplicando sus decorados.
Porque terminar la guardería no constituye una hazaña. Tampoco finalizar sexto de primaria. Ni siquiera obtener la ESO, especialmente en una época en la que los estándares académicos parecen haberse ido rebajando al mismo ritmo que aumenta la retórica institucional sobre la excelencia. Son etapas naturales del crecimiento. Peldaños necesarios, sí, pero peldaños al fin y al cabo. Sin embargo hemos decidido colocar sobre ellos los mismos símbolos que durante generaciones estuvieron reservados para quienes habían logrado culminar un trayecto mucho más exigente.
Y ahí es donde comienza mi incomodidad. Porque los símbolos no son adornos. Los símbolos son depósitos de significado. Son pequeños cofres donde una civilización guarda aquello que considera valioso. Un uniforme no es un disfraz. Una toga no es una prenda. Una medalla no es una pieza de metal. Todos esos objetos adquieren valor porque representan una conquista previa. Son la materialización visible de un esfuerzo invisible. Y cuando arrancamos el símbolo de la realidad que le dio origen, lo vaciamos de contenido hasta convertirlo en una simple caricatura de sí mismo.
Un niño con un birrete universitario produce una sensación parecida a la de esos decorados de cartón piedra que imitan fachadas majestuosas sin que exista ningún edificio detrás. Desde lejos parecen auténticos. De cerca solo son apariencia. No porque el niño no merezca celebrar su momento, sino porque estamos colocándole sobre la cabeza un símbolo que todavía no le pertenece. Lo estamos vistiendo con la estética del mérito antes de haber conocido la experiencia del sacrificio.
Quizá la mejor forma de describir lo que está ocurriendo sea recurriendo a un concepto económico. Estamos asistiendo a una auténtica inflación del mérito. Del mismo modo que una moneda pierde valor cuando se imprime sin límite, el reconocimiento pierde prestigio cuando se reparte sin criterio. Hemos democratizado el aplauso hasta convertirlo en una forma de ruido ambiental. Todo merece una ceremonia. Todo merece un diploma. Todo merece una fotografía para las redes sociales. Todo un reconocimiento.
La consecuencia más grave no es estética. Es moral. Porque los seres humanos aprendemos a través de incentivos y símbolos. Cuando enseñamos a un niño que cumplir con lo mínimo merece el mismo reconocimiento que sobresalir, estamos alterando silenciosamente su relación con el esfuerzo. Le estamos transmitiendo la idea de que la recompensa no depende de la excelencia, sino simplemente de la participación. Que el resultado es irrelevante. Que la exigencia es un vestigio incómodo de tiempos pasados.
Por eso ahora en muchas competiciones infantiles todos reciben exactamente la misma medalla. Da igual quién llegó primero. Da igual quién entrenó más. Da igual quién se cayó, se levantó y siguió corriendo. El premio es idéntico para todos. Y aunque la intención sea evitar frustraciones, el mensaje que termina interiorizándose es devastador. Porque si el esfuerzo extraordinario obtiene exactamente la misma recompensa que el esfuerzo mínimo, la lógica humana acaba formulando una pregunta inevitable. ¿Para qué intentarlo?
Tengo la sospecha de que estamos contemplando una de esas mutaciones culturales cuyos efectos solo se perciben décadas después. Hoy parece una cuestión anecdótica. Un birrete de colores. Una fotografía simpática. Una ceremonia escolar. Pero las civilizaciones no se transforman mediante grandes cataclismos. Se transforman alterando el significado de las cosas. Rebajando lentamente los estándares. Diluyendo las diferencias entre la excelencia y la mediocridad hasta que ambas resultan indistinguibles.
Puede que a nadie le preocupe demasiado que un niño deje de competir por llegar el primero en una carrera escolar. Lo comprendo. Pero quizá la reflexión cambie cuando ese mismo niño se convierta en el ingeniero que diseña un puente, en el piloto que aterriza un avión o en el cirujano que sostiene un bisturí sobre el cuerpo de un ser querido. Porque las sociedades que dejan de admirar la excelencia terminan expandiendo la mediocridad. Y las consecuencias de esa renuncia siempre acaban apareciendo en los lugares donde más duele.
Será que mis padres nunca hicieron ver en mi casa que sacarse la educación obligatoria merecería algún premio. Fue un día más. Un día en el que ellos, evidentemente, participaron lo mínimo exigible. Y se marcharon a casa, dejándome como debía ser, rodeado de mis amigos y mis compañeros de clase para echar un rato. Y hoy no pueden rechinarme tanto los dientes, al ver algún familiar en los estados de WhatsApp mostrando una foto de su hijo tras culminar el colegio, acompañado de un texto que muestra sin quererlo una visión sobre paternidades frágiles y unas ganas tremendas de presumir de algo que para otros sería una vergüenza. Y es que a su hijo ha conseguido el título de Graduado en ESO habiendo suspendido cuatro asignaturas. Todo un orgullo, que evidentemente merece toga, beca y birrete.
Por eso te digo que celebrar está bien. Siempre estará bien. Lo que quizá no esté tan bien es prostituir los símbolos hasta vaciarlos de significado. Porque los símbolos son las palabras con las que una sociedad se cuenta a sí misma qué significa cada cosa, cada momento. Y cuando todo el mundo es extraordinario, al final nadie lo es. Y esa es, precisamente, la verdadera inflación del mérito.