lunes, 18 de marzo de 2019

El Internet del Outfluencer

Desde hace un tiempo, además de recibir insultos por e-mail, me ha llegado alguna que otra propuesta y que aprovecho desde aquí para agradecer el interés. En concreto quiero referirme a una en la que se me abrió la posibilidad de colaborar con un canal de Youtube. Era como un proyecto común en el que yo solamente tendría que convertir los textos en una especie de guiones, para que más tarde, alguien agradable de ver y que hace creer que trabaja solo en su cuarto, vomitase a cámara historias como si fuesen suyas. El argumento de mayor poder con el que pretendía convencerme era el de que mi mensaje, de esa manera, podría llegar más lejos. Si el proyecto en sí ya me parecía poco motivador, la idea de llegar más lejos fue precisamente el remate final.

Yo entiendo que puede resultar extraño escucharlo de alguien que humildemente escribe por el mero hecho de entretenerse a uno mismo y por la razón real de que aporrear un teclado me salga más barato que costearme un psicólogo. Escribir me ayuda a poner mis ideas en orden, me atempera. Es como mantener una interesante conversación conmigo mismo donde soy yo quien me pregunto y me contesto lo que me da la gana, sin más pretensión de llegar hacia donde no quiero ir. La tediosa figura de un predicador me queda tan lejos como la de un cura. Nunca he querido convencer a nadie de nada. Pensar que estemos en Internet para decirle a los usuarios cómo deben pensar me hace ver positiva la idea del apagón tecnológico.

Odio las redes sociales. O mejor dicho, odio el mal uso actual de todas y cada una de las redes sociales. Facebook es la parada de autobús donde tu tía juega a conseguir vidas del Candy Crush, Twitter es una fosa común de odio y resentimiento, un lugar realmente tóxico y enfermizo, Instagram es donde tu colega se cree que lleva la vida de Sergio Ramos y Youtube es donde un millenial ha terminado subiendo vídeos de más de veinticinco minutos porque piensa que dos veces por semana tiene algo que contarte como para prestarle atención durante una hora. Las redes sociales son las nuevas discotecas y yo siempre fui más de echar las noches hablando tirado en soportales para resguardarme del frío.

Me gusta el texto, me encanta. Es la mejor manera de preseleccionar a quién quieres realmente dirigirte. El texto requiere de ese plus de interés que siempre he buscado, de esa poca accesibilidad de vídeo patrocinado, de tendencia. El texto es la antigua vía de comunicación que llama la atención de quien verdaderamente vale la pena, es quien te filtra sin necesidad de usar algoritmos. Dicen que fue Manuel Azaña quien dijo que en España la mejor manera de guardar un secreto era escribirlo en un libro y creo que en parte eso es lo que hago. Por muy extraño que parezca no todos queremos llegar más lejos, así sin más, por el mero hecho de llegar.

Internet se ha convertido en una absurda jungla en la que todos pueden crear contenido y donde día tras día resulta más complicado saber optimizar a quién dedicarle tu tiempo. Es como un supermercado con tanto género que te abruma y paraliza y del que al final te terminas llevando dos bandejas porque sí, casi al azar, por probar, muy posiblemente de las más accesibles de todas. La red de redes se ha convertido en un lugar difícil donde la calidad está inversamente relacionada con el alcance del contenido.

Está el Internet común, el de las Redes Sociales, la DeepWeb, el Internet de las Cosas, o posiblemente el más utilizado, el Internet del Porno. Yo hoy quiero reivindicar desde aquí el Internet del Outfluencer. Este modelo se basa en alguien que escribe para él mismo y que de vez en cuando sus miserias podrían llegar a interesarte. El Outfluencer es alguien que no se debe a ti, ni a sus seguidores si es que los tuviese, ni a ningún patrocinador, es alguien que vive y come de otra actividad, alguien cuya única recompensa es el placer de poderse dedicar tiempo a sí mismo. Un Outfluencer es una cara común sin ego, alguien que primero se ríe de él mismo. A veces un loco con ciertos destellos y otras tantas un vagabundo por quien te cambiarías de acera. Un Outfluencer es alguien con algo interesante que contar, pero con nadie que quiera escucharle. Un Outfluencer es alguien al que no le leen ni en su casa porque ni tan siquiera allí saben que es un Outfluencer. A muchos os podrá parecer una parida, pero las conversaciones más importantes son las que se tienen en voz baja.

2 comentarios:

  1. Discrepo, querido, aunque me ilusiona ver algunas de mis ideas aquí... todo hay que decirlo.
    Tú no publicas para hablar contigo mismo. Tú publicas para que gente como yo venga a darte la réplica y tú poder volver a trabajar sobre ello.
    Si escribieses para ti no estarías en internet. Tendrías tu diario en un cajón o una carpeta con tus .word bien ordenaditos.
    En cualquier caso, las conversaciones importantes no son las que se hablan en voz alta o baja. Las conversaciones importantes son las que hablan de uno mismo. Y es por ello que me decido a comentarte en este post y no en cualquier otro.

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    1. Si yo me nutriese de la réplica no habría durado ni una semana, puesto que han pasado años como para que alguien como usted se acerque a dejarme precisamente una réplica. Ojalá me llegasen más réplicas sobre las que poder volver a trabajar, pero no es así. De ahí que lleve toda una vida escribiendo para entretenerme a mí mismo, más allá de terminar publicando en Internet un porcentaje mínimo de todo lo que guardo en mis cajones a mano y en mis carpetas en editores de texto.

      Agradezco su comentario, a pesar de verlo de maneras muy diferentes.

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