Hay preguntas que uno procura no hacerse demasiado a menudo porque sospecha que ninguna de las respuestas terminará de gustarle. La muerte es una de ellas. Resulta bastante desconcertante que una humanidad capaz de calcular la edad del universo, explorar otros planetas y descifrar buena parte de los mecanismos de la vida siga sin saber qué sucede cuando esta termina. Sabemos cómo se apaga un cuerpo, pero ignoramos qué ocurre después, si es que ocurre algo. Quizá nos espere un fundido a negro, un cielo, un infierno o esa luz al final del túnel que algunos aseguran haber contemplado en experiencias cercanas a la muerte. La ciencia no ha podido demostrar la existencia de ninguno de esos destinos y tampoco tenemos a nadie que haya regresado de una muerte irreversible para contarnos qué hay al otro lado. Tenemos miles de relatos, innumerables creencias y una cantidad extraordinaria de personas convencidas de conocer la respuesta. Lo único que nos falta es alguien que pueda demostrarla. Y me parece que no es precisamente un detalle menor.
Por eso siempre he pensado que las religiones podrán desaparecer, transformarse o cambiar de nombre, pero la fe tiene muchas posibilidades de sobrevivirnos a todos. Mientras exista la muerte y desconozcamos qué hay al otro lado, seguirá existiendo la necesidad de creer que nuestra historia no termina necesariamente cuando alguien cierra el ataúd. Podremos abandonar las iglesias, derribar los templos y sustituir las antiguas deidades por otras nuevas, pero difícilmente conseguiremos eliminar esa inquietud que nos acompaña desde que aprendimos a enterrar a nuestros muertos. Incluso quien está convencido de que después no hay absolutamente nada debe reconocer que tampoco puede comprobar personalmente su conclusión y regresar para explicárnosla. Quizá por eso llevamos miles de años levantando religiones sobre una pregunta que seguimos sin poder responder. Y quizá por eso, aunque los dioses mueran en la memoria de los hombres, siempre termina apareciendo alguno dispuesto a ocupar su lugar.
Fue precisamente esa incertidumbre la que terminó empujándome hacia otra de las grandes preguntas de nuestra existencia. ¿De dónde venimos? Porque, en realidad, lo que quería averiguar era hacia dónde vamos, y me pareció bastante absurdo intentar comprender nuestro destino sin detenerme primero en nuestros orígenes. Así que decidí recorrer una ínfima pate de la historia de las religiones, conocer a los principales dioses ante los que se habían arrodillado generaciones enteras y buscar algún denominador común entre civilizaciones separadas por miles de kilómetros y miles de años. Quería entender qué necesitaban aquellos hombres de sus ellos, qué esperaban recibir a cambio de venerarlos y, sobre todo, qué estaban dispuestos a entregar para conseguirlo. Encontré divinidades que cambiaban de nombre, pueblos que adoptaban los cultos de sus conquistadores y símbolos que sobrevivían incluso a la desaparición de las civilizaciones que los habían creado. Pero, por encima de todas aquellas diferencias, comenzó a repetirse una palabra que terminó convirtiéndose en el hilo conductor de esta historia.
El sacrificio.
A veces una cosecha, otras un animal y, en determinados relatos y rituales, incluso la vida de un hijo. El ser humano parecía haber encontrado desde muy temprano una manera de negociar con sus dioses que consistía en entregar algo valioso a cambio de su protección, su perdón o sus favores. Lo verdaderamente inquietante llegó cuando empecé a preguntarme si aquella costumbre había desaparecido realmente o si simplemente habíamos aprendido a practicarla de otras maneras. Como un pacto con el diablo en el que te cobran por adelantado. Porque quizá llevemos miles de años cambiando de dioses, de templos y de ceremonias sin haber renunciado del todo a lo que nos llevó a construir los primeros altares. Y si queremos entender hacia dónde nos dirigimos, sospecho que no estaría de más averiguar primero a quién hemos estado sacrificándonos durante todo este tiempo.
La historia de la humanidad tiene una costumbre que empieza a resultarme sospechosa. Cada vez que conseguimos derribar a un dios, aparecen tres nombres nuevos para explicar por qué debemos seguir obedeciendo. Hemos enterrado imperios, quemado templos, derrocado monarcas y redactado constituciones con la solemnidad de quien por fin se ha librado de todos sus amos. Y, sin embargo, continuamos organizándonos alrededor de jerarquías, símbolos, ceremonias y sacrificios que habrían resultado sorprendentemente familiares a un sacerdote de hace cuatro mil años. Lo único que ha mejorado de verdad es la puesta en escena. Antes hacía falta construir un altar y ahora te es suficiente el diseño de la ceremonia de unos Juegos Olímpicos.
No soy teólogo, ni pretendo demostrar científicamente nada. Soy una persona curiosa que expone aquí su análisis, que intenta presentarte unas ideas estructuradas y que para ello me apoyaré en imágenes e infografías para facilitarle la visión global, a pesar de conocer que no necesariamente implicarán una relación histórica directa. Lo sé. Tan solo te quiero mostrar mi camino. Mi manera de verlo. Aunque no siempre dos más dos te vayan a sumar cuatro, porque precisamente creo que esa era la verdadera intención detrás de todo. Confundir. Hoy tan solo he venido a desempolvar cajones de cuadernos y a regalarte otra densa lectura, bajo la que nunca debes perder la perspectiva de que el verdadero significado de la palabra Baal es dios, señor y amo.
LA PREHISTORIA Y LAS PRIMERAS CIVILIZACIONES
MILENIOS X-II A. C.
Antes incluso de los grandes reinos, en las colinas de la actual Turquía, los recintos monumentales de Göbekli Tepe nos muestran a comunidades prehistóricas levantando piedras gigantescas y cubriéndolas de animales cuando la escritura todavía tardaría milenios en aparecer. A partir de ahí, la imaginación se dispara hacia la Atlántida, los diluvios y las civilizaciones perdidas, relatos irresistibles para quienes preferimos sospechar que nuestros antepasados sabían más de lo que dejaron por escrito. La Atlántida pertenece al terreno del mito, pero las piedras de Göbekli Tepe existen. Y plantean una pregunta mejor que cualquier leyenda sobre continentes sumergidos. Por qué los seres humanos sintieron tan pronto la necesidad de construir lugares especiales para reunirse ante algo que consideraban superior a ellos. Son lugares construidos mucho antes de que existieran los templos de las grandes ciudades mesopotámicas.
En Mesopotamia, las primeras ciudades aprendieron a escribir, calcular los movimientos celestes y administrar los graneros antes de que nadie hubiera pronunciado la palabra democracia. Los sumerios conocían a An, dios del cielo, a Enlil, ligado a la autoridad y al viento, y a Enki, relacionado con la sabiduría y las aguas. Más tarde, Babilonia elevaría a Marduk a la cima de su panteón, hasta convertirlo en Bel, «el Señor». Los dioses podían compartir atributos y recibir nuevos títulos según cambiaba la importancia de las ciudades. Los nombres y las jerarquías celestes variaban con la suerte política de cada ciudad.
También allí empieza la larga historia de la demonología, aunque nadie la llamase todavía así. Los mesopotámicos ya describían espíritus capaces de traer enfermedades, desgracias y peligros a las casas. Lamashtu era temida especialmente por las embarazadas y los recién nacidos, mientras que la terrible figura de Pazuzu, con sus rasgos animales, podía utilizarse precisamente como protección frente a ella. Lo verdaderamente fascinante es que aquel rostro que hoy colocaríamos sin dudar en el cartel de una película de terror servía entonces como amuleto protector. No todos los seres de apariencia demoníaca eran dioses a los que se rendía culto, ni todos representaban el mismo mal. Pero la necesidad de poner nombre, forma y remedio a nuestros temores ya había comenzado. Los amuletos y los rituales formaban parte de la vida cotidiana.
Al oeste, en Canaán, encontramos a El, el gran padre divino, y a Baal-Hadad, señor de la tormenta y de la lluvia. Baal era además un título que significaba «señor», razón por la cual no todas las menciones antiguas al nombre se refieren necesariamente a una única figura. El toro simbolizaba la fuerza y la fecundidad, los cuernos aparecían como señales de poder sagrado y el rayo anunciaba la autoridad de quien dominaba el cielo. A su alrededor encontramos otros nombres inquietantes, como Moloch, relacionado en determinados textos con ofrendas infantiles, y la figura de Nimrod, el poderoso cazador que la tradición bíblica sitúa en los orígenes de grandes reinos mesopotámicos. Había distintos dioses y personajes, no uno solo con una colección de disfraces. Pero sus atributos viajaban entre pueblos que comerciaban, se enfrentaban y se conquistaban continuamente. Los atributos religiosos viajaban con los pueblos y también con quienes interpretaban sus tradiciones.
Y entonces aparece el sacrificio. En los textos bíblicos encontramos condenas a las ofrendas de hijos e hijas y referencias a Moloch; en el mundo fenicio y púnico, los testimonios antiguos y los hallazgos de santuarios funerarios han alimentado una discusión incómoda sobre el sacrificio infantil. No sabemos que todas aquellas figuras fueran el mismo dios ni que todos sus adoradores practicaran lo mismo. Pero la sola posibilidad de que una comunidad considerase legítimo entregar la vida de un niño para obtener la protección de una divinidad basta para revelar el extremo al que puede llegar una idea religiosa, convertir a la víctima más indefensa en el precio del favor celestial. Siempre me ha maravillado la capacidad humana para llamar «necesidad sagrada» a lo que, contado sin incienso, sería una atrocidad.
Las ofrendas no eran siempre sangrientas. También se entregaban cereales, vino, incienso y animales, y no todos los cultos estuvieron relacionados con sacrificios humanos. Pero aquellas ceremonias compartían una lógica que merece seguir de cerca. Algo valioso pasaba de las manos de un mortal a las de una autoridad invisible, mientras alguien determinaba qué debía entregarse y cuándo. En los relatos más terribles, el precio acababa teniendo el rostro de un hijo. La ofrenda podía cambiar según la ciudad, la época o el motivo del rito. También cambiaba lo que se esperaba recibir a cambio.
Y antes incluso de llegar a las grandes instituciones religiosas hay dos hermanos que hacen saltar por los aires cualquier relato complaciente sobre los orígenes. Caín y Abel. Uno trabaja la tierra, el otro cuida rebaños y ambos presentan ofrendas a Dios. La de Abel es aceptada y la de Caín no. El desenlace no es una discusión teológica, sino el primer fratricidio del Génesis. Caín mata a su hermano. Me parece un comienzo bastante apropiado para una humanidad que después dedicaría milenios a explicar sus guerras mediante argumentos espirituales. Conviene aclarar algo que la semejanza de los nombres puede esconder. Caín no es Canaán, y los cananeos que veneraban a Baal no son una tribu demostrablemente descendiente de los cainitas. En ambos relatos se refleja hasta qué punto la relación con lo sagrado podía atravesar incluso los vínculos familiares.
Muchos siglos después apareció una inversión todavía más fascinante. Ireneo de Lyon describió en el siglo II a unos gnósticos llamados cainitas que concedían a Caín una procedencia espiritual superior y rehabilitaban a personajes condenados en otros relatos bíblicos. En aquella lectura, el proscrito podía dejar de ser el villano y presentarse como el que había desafiado a un creador inferior. No consta que aquellos grupos defendieran una obligación ritual de matar a Abel ni que todos se considerasen sus descendientes de sangre. Pero la inversión del relato estaba servida. El primer asesino podía ser reinterpretado como un elegido. Mucho antes de que Lucifer se convirtiera en protagonista de novelas, canciones o series, ya había quien encontraba más interesante al rebelde que al obediente. Era una manera de leer el relato bíblico desde el lado de sus personajes condenados.
EL ANTIGUO EGIPTO Y EL NACIMIENTO DEL MONOTEISMO
II-I MILENIO A. C.
Egipto perfeccionó como pocos la unión de la religión y el gobierno. El faraón era mucho más que un monarca con afición a la piedra tallada. Su autoridad formaba parte del orden cósmico. Los templos custodiaban conocimientos, tierras y riquezas; los sacerdocios administraban calendarios, rituales y jerarquías; Osiris, Horus, Set y Amón-Ra ofrecían un lenguaje con el que explicar la vida, la muerte y la legitimidad del trono. Amón terminaría asociado al carnero, y los griegos llegarían a reconocer en él a su propio Zeus. El culto a Amón también acabaría encontrando correspondencias en el mundo griego.
En el siglo XIV antes de Cristo, Akenatón quiso reorganizar aquel universo alrededor de Atón, el disco solar. No fue una simple ocurrencia teológica. Desplazar a los antiguos dioses también significaba alterar el lugar de sus sacerdotes. La historia de los hicsos, de los intercambios entre Egipto y el Levante y de las transformaciones religiosas posteriores nos recuerda que las ideas nunca viajaron solas. Lo hacían acompañadas por ejércitos, comerciantes, cautivos y escribas. A veces bastaba una conquista para que el dios del vencedor entrase en la casa del vencido. Otras veces era el dios del vencido quien conseguía instalarse en la del vencedor. Con el tiempo, esas ideas quedaban incorporadas a las prácticas locales.
La tradición de Abraham introduce una escena que debería obligarnos a detenernos. Un padre dispuesto a ofrecer a su hijo y una mano divina que detiene el sacrificio. En la Biblia, Isaac no muere sobre el altar. El episodio es decisivo precisamente por esa interrupción. Siglos después, Moisés aparece asociado a la liberación de un pueblo, a las Tablas de la Ley y a la prohibición de prácticas idolátricas. Y ahí surge el becerro de oro, uno de los símbolos más reveladores de toda esta historia. Apenas se ha marchado Moisés, la multitud vuelve a necesitar una divinidad visible, brillante y con forma de animal. En otra escena bíblica, la tribu de Dan recibe una comparación con una serpiente que acecha en el camino. El toro, la serpiente, la ley y el altar aparecen así en las mismas páginas sin convertirse por ello en una única religión secreta. Los símbolos nunca han necesitado ponerse de acuerdo para sobrevivir. El becerro revela que aquella relación con las imágenes religiosas seguía presente en el relato bíblico.
El judaísmo se formó a lo largo de un proceso complejo, marcado por Canaán, la monarquía de Israel y Judá, la conquista babilónica y la experiencia del exilio. Los antiguos nombres semíticos de la divinidad, las tradiciones sacerdotales y el desarrollo de la ley quedaron atravesados por siglos de discusión religiosa. Sería un disparate atribuir a los judíos actuales el culto a Baal o convertirlos en depositarios de una conspiración sacrificial. Sus propias Escrituras denuncian esa idolatría y esos sacrificios. La propia tradición bíblica conserva el recuerdo de las tensiones entre el culto a un solo Dios y las prácticas religiosas de los pueblos vecinos.
Salomón y su Templo añadieron una dimensión arquitectónica a ese combate entre lo visible y lo invisible. El llamado Primer Templo de Jerusalén era, según la tradición bíblica, el santuario que el rey Salomón mandó levantar para custodiar el Arca de la Alianza y concentrar el culto al Dios de Israel. No era un palacio cualquiera ni un monumento para impresionar a los vecinos, aunque tampoco le faltaba ambición. Era el espacio donde se encontraban el sacerdocio, las ofrendas, la autoridad del rey y la presencia divina. Tenía un lugar especialmente sagrado, el Santo de los Santos, al que no accedía cualquiera. Dicho de otro modo, la distancia entre el hombre y Dios también tenía puertas, guardianes y normas de entrada. Cuando Babilonia conquistó Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo, destruyó aquel santuario y deportó a parte de la población de Judá. La memoria de aquel santuario siguió siendo decisiva para las generaciones posteriores.
El santuario que sucedió al primero fue reconstruido tras el exilio, durante el período persa, y con el tiempo daría nombre a toda una época del judaísmo. La del Segundo Templo. Durante aquellos siglos, Judea pasó por la órbita persa, conoció la expansión de la cultura griega después de Alejandro Magno y experimentó enfrentamientos como la revuelta de los macabeos. Fariseos, saduceos y otras corrientes discutieron cómo vivir la alianza y quién debía interpretar la ley. El zoroastrismo persa, con su lenguaje del enfrentamiento entre el bien y el mal, forma parte del contexto cultural que los historiadores estudian al hablar de los cambios religiosos de la región, aunque sus influencias exactas sean debatidas. Finalmente llegaron los romanos. En el año 70 de nuestra era destruyeron el Segundo Templo. El judaísmo continuó desarrollándose alrededor de las Escrituras, la interpretación rabínica y comunidades que ya no dependían de un santuario único.
En el Templo de Jerusalén también hubo sacrificios, aunque no de la naturaleza que las Escrituras reprochaban a los cultos de Moloch. Se ofrecían animales, harina, aceite e incienso dentro de una liturgia regulada, y el sacerdocio administraba el sentido de aquellos actos. Un altar, una víctima, una norma, un oficiante. Los elementos resultan reconocibles, pero su significado no era idéntico al de todos los ritos vecinos. Tras la destrucción del Segundo Templo, el judaísmo rabínico desarrolló una vida religiosa centrada en la oración, el estudio y el cumplimiento de los mandamientos, sin reinstaurar aquellos sacrificios. Es una de las transformaciones más interesantes de esta historia. Después de la destrucción del Segundo Templo, las formas de expresar la relación con Dios continuaron transformándose.
GRECIA, ROMA Y EL CRISTIANISMO PRIMITIVO
SIGLOS VIII A. C.-IV D. C.
Hay algo que siempre me ha fascinado de las grandes civilizaciones. Podían pasarse siglos guerreando entre ellas, destruyendo ciudades y disputándose territorios, pero cuando se trataba de sus dioses demostraban una sorprendente facilidad para entenderse. Las divinidades viajaban, a veces conservaban su nombre y otras incorporaban atributos locales hasta que resultaba difícil saber quién había adoptado a quién. Uno puede verlo como un intercambio de creencias entre pueblos. Yo no puedo evitar preguntarme cómo cambiaba, con cada traducción, la forma de entender la autoridad divina. La Inanna sumeria se identificó con la Ishtar acadia y se relacionó con Astarté, Afrodita y Venus. Adad compartía atributos con Baal-Hadad y encontró correspondencias posteriores en Zeus y Júpiter. Marduk recibió el título de Bel, «el Señor», y los griegos llegaron a interpretarlo como una manifestación de Zeus. Incluso Cronos, el padre dispuesto a devorar a sus hijos para conservar el trono, acabó identificado con Saturno. Esa imagen, admitámoslo, continúa siendo una metáfora difícil de mejorar sobre ciertas formas de ejercer el poder.
Roma llevó aquella capacidad de mezclar tradiciones a una escala nueva. No necesitaba borrar de golpe las creencias de los pueblos conquistados. Podía incorporarlas, reinterpretarlas y hacerlas compatibles con el orden imperial. Isis, Mitra, el Sol Invicto y las antiguas divinidades grecorromanas convivieron en un mundo enorme, donde los ritos públicos también ayudaban a construir una identidad política. Los templos podían dedicarse a dioses distintos mientras sus comunidades reconocieran la autoridad de Roma. Esa convivencia, por supuesto, tenía límites, sobre todo cuando una creencia entraba en conflicto con las exigencias del Estado.
La propia Roma terminó trazando límites legales a ciertas prácticas sacrificiales. Plinio el Viejo recuerda una decisión del Senado del año 97 antes de Cristo contra los sacrificios humanos, aunque estos habían existido en episodios excepcionales de la historia romana. El derecho empezaba a señalar que no bastaba con invocar a una deidad para justificar cualquier ofrenda. Los animales continuaron ocupando un lugar central en numerosos rituales, como ya lo habían ocupado durante siglos. No fue el derecho romano quien inventó esa sustitución, pero sí contribuyó a restringir lo que podía aceptarse públicamente en nombre de los dioses.
Entre aquella colección de cultos circulaban también ideas religiosas llegadas de Persia y un lenguaje de salvación, purificación, secretos y ascenso del alma. Mitra, venerado en los misterios romanos, acabaría rodeado de imágenes de iniciación que todavía despiertan nuestra curiosidad, como la célebre escena del toro. El gnosticismo, por su parte, cuestionó en algunas de sus corrientes el lugar del creador y el sentido del conocimiento que libera. No era una sola religión ni un ejército secreto dispuesto a reunirse todos los jueves. Era un universo de textos y maestros que discutía quién había hecho realmente el mundo y quién poseía las claves para salir de él. Los símbolos estaban aprendiendo a contar una segunda historia detrás de la primera.
En medio de ese mundo aparece Jesucristo, y aquí el sacrificio adquiere un significado que me interesa especialmente. Frente a las antiguas historias de hombres dispuestos a entregar a sus hijos para obtener el favor divino, el cristianismo coloca en el centro a un Dios que, según su fe, entrega a su propio hijo por la humanidad. La inversión es importante, pero el sacrificio no desaparece de su lenguaje. El cordero, la alianza, la sangre y la redención siguen presentes. La Última Cena relaciona el pan y el vino con la entrega de la cruz, y la Eucaristía conserva esa memoria de forma distinta según las confesiones. Para la teología católica, la misa hace presente sacramentalmente el único sacrificio de Cristo, sin repetir su muerte. No se ofrece otra víctima para comprar la benevolencia divina. Es una transformación de la misma palabra que he venido persiguiendo desde los primeros altares.
El cristianismo tampoco tardó en dar nombre a su gran figura de oposición. La palabra Anticristo aparece en las cartas de Juan, redactadas hacia finales del siglo I, y tiene un detalle que suele perderse entre tanta película de terror. No habla únicamente de un monstruo futuro, sino también de varios anticristos que ya actuarían contra la fe cristiana. Con el tiempo, esa figura se mezcló en la imaginación religiosa con el personaje impío anunciado en la Segunda Carta a los Tesalonicenses y con la Bestia del Apocalipsis, asociada al célebre número 666. El Apocalipsis no llama Anticristo a esa Bestia, pero la posteridad acabó fundiendo las amenazas en una sola silueta. Con los siglos, ese conjunto de imágenes dio forma a uno de los grandes adversarios del imaginario cristiano.
LA ANTIGÜEDAD TARDÍA
SIGLOS IV-VII
El cristianismo nació dentro del judaísmo y creció en territorio romano. Con Constantino obtuvo protección imperial y el Concilio de Nicea de 325 participó en la definición de una doctrina que llevaba generaciones discutiéndose. No fue necesario inventar a Cristo para institucionalizar su religión. Bastó con que una fe perseguida terminara convirtiéndose en una organización con obispos, concilios, propiedades y una relación cada vez más estrecha con los gobernantes. Cuando cayó el Imperio romano occidental, Roma perdió a sus emperadores, pero conservó una sede eclesiástica capaz de hablar a reyes que todavía ni siquiera habían nacido. La organización eclesiástica quedó así ligada a la historia política de la Europa posterior.
El Vaticano llegó a desempeñar un papel formidable en la política europea. El papado negoció con reinos, impulsó reformas, reunió patrimonio y participó en conflictos que mezclaban la fe con asuntos mucho menos celestiales. No es preciso imaginar un culto clandestino a Baal bajo la basílica de San Pedro para reconocer la ironía. La institución que custodiaba el mensaje del crucificado también tuvo que aprender el lenguaje de los palacios, las alianzas y el dinero. En esa relación entre autoridad espiritual y poder temporal habría mucho más que doctrina religiosa.
Pero conviene recordar que después del derrumbe del Imperio romano occidental no todo el cristianismo obedecía al mismo centro político. En Roma, el papado negociaba con lombardos, francos y otros poderes surgidos en Occidente. En Constantinopla seguía existiendo un emperador que se consideraba romano y gobernaba un Estado cristiano con su propia corte, sus patriarcas y sus conflictos sobre las imágenes sagradas. A esa etapa se le han llamado alguna vez Los Siglos Oscuros, como si todo el mundo hubiese apagado las lámparas a la vez. Una expresión cómoda para quien mira únicamente al Occidente latino. Mientras parte de Europa se fragmentaba, Bizancio conservaba archivos, administraciones y diplomacia y las ciudades del mundo islámico se convertían en centros de comercio y saber. Mientras tanto, el cristianismo seguía extendiéndose por territorios distintos, con sus propias tensiones internas.
LA ALTA EDAD MEDIA
SIGLOS VII-XI
El islam apareció en el siglo VII en Arabia, dentro de un mundo donde circulaban tradiciones judías, cristianas y árabes anteriores. Mahoma predicó la unicidad de Dios y una nueva comunidad religiosa; la Kaaba, asociada antes a prácticas religiosas de Arabia, quedó integrada en la peregrinación islámica. El relato coránico de Abraham y su hijo vuelve a conducirnos al sacrificio interrumpido, y la tradición del sacrificio animal conserva la memoria de esa entrega sin convertirla en una orden de matar niños. El islam, como el judaísmo y el cristianismo, rechaza la adoración de Baal. Pero las tres religiones comparten una pregunta antigua. ¿Qué exige realmente Dios del hombre y quién tiene autoridad para explicárselo? Las respuestas, sin embargo, no han sido idénticas a lo largo de los siglos.
La Fiesta del Sacrificio islámica recuerda aquella disposición de Abraham a obedecer y la sustitución del hijo por un animal. La carne se comparte y la ofrenda adquiere también un sentido comunitario. En las tres grandes tradiciones abrahámicas, el relato del padre y del hijo sigue presente, pero con interpretaciones y prácticas distintas. El relato es común, pero cada tradición lo recuerda de una manera diferente.
Entre Bizancio y los califatos, en las estepas próximas al mar Caspio, existió un reino que parece inventado para incomodar a quienes creen que una religión solo puede heredarse de los antepasados. Los jázaros, una confederación de pueblos de origen túrquico, dominaron durante siglos las rutas que conectaban el mar Negro, el Cáucaso y el Volga. Una parte de su élite adoptó el judaísmo entre los siglos VIII y IX, aunque los testimonios no permiten fijar con absoluta seguridad ni una sola fecha ni cuánta población siguió ese camino. En sus territorios convivían también cristianos, musulmanes y seguidores de otras creencias. Imaginen a un soberano situado entre dos potencias religiosas que compiten por su alianza y que escoge una tercera tradición. La elección religiosa también tenía consecuencias diplomáticas.
Lo que une a los jázaros con el mundo cristiano de aquellos siglos no es un imaginario culto secreto, sino algo mucho más concreto. La diplomacia, las fronteras, los matrimonios y la disputa por las almas. Una princesa jázara se casó con el emperador bizantino Constantino V y de aquella unión nació León IV, conocido precisamente como «el Jázaro», que gobernó Constantinopla entre 775 y 780. En el siglo IX, misioneros enviados desde el ámbito bizantino, entre ellos Constantino, el futuro san Cirilo, viajaron al territorio jázaro en un contexto de conversaciones religiosas. Roma y Constantinopla compartían la tradición cristiana, pero no eran una sola administración. La conexión pasa por Bizancio antes que por el Vaticano, detalle que estropea algunas conspiraciones y mejora bastante la historia. Los jázaros no inventaron el judaísmo ni constituyen el origen secreto de todas las familias bancarias posteriores. Su historia demuestra algo distinto. Las creencias podían cruzar fronteras sin ejércitos y las alianzas matrimoniales podían poner a un pueblo de las estepas en la propia genealogía de un emperador cristiano.
Mientras Roma trataba de afianzar la autoridad del papado en Occidente, Constantinopla discutía con sus patriarcas sobre imágenes y jurisdicciones, y la corte jázara recibía influencias judías, cristianas y musulmanas. Tres horizontes religiosos conectados por la diplomacia y las conversiones, no tres sucursales de una empresa familiar. La diplomacia de la región se desarrollaba, en buena medida, sobre esas diferencias.
LA PLENA Y LA BAJA EDAD MEDIA
SIGLOS XI-XV
La Edad Media convirtió Jerusalén en el escenario de nuevas disputas sagradas. En 1095, el Papa Urbano II llamó en Clermont a emprender una expedición armada hacia Oriente. A la petición de ayuda del emperador bizantino se sumaron el ideal de peregrinación, la promesa de recompensa espiritual y los intereses de nobles que sabían perfectamente distinguir una empresa piadosa de una oportunidad territorial. En 1099, los cruzados tomaron Jerusalén y la conquista vino acompañada de una matanza. Aquello dio origen a Estados latinos en Oriente y a un problema que ningún sermón podía resolver por sí solo. Una cosa era conquistar la ciudad santa y otra muy distinta defenderla durante décadas. Se necesitaban fortalezas, hombres, víveres, rutas marítimas y dinero. Sobre todo dinero. La religión había conseguido reunir al ejército. Ahora tocaba pagar sus facturas.
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Hacia 1119, Hugo de Payns y sus compañeros organizaron una fraternidad armada destinada a proteger peregrinos y rutas del nuevo reino cruzado de Jerusalén. El rey les cedió alojamiento en el sector de su palacio situado en la explanada del antiguo Templo, de donde surgiría su nombre completo, los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. En 1129, el concilio de Troyes aprobó una regla para la nueva comunidad religiosa y militar. Bernardo de Claraval contribuyó a defender la peculiar figura del monje que empuñaba la espada. El mismo lugar asociado a la sabiduría de Salomón servía ahora de referencia a unos hombres que combinaban oración, disciplina y combate. El templo perdido había encontrado una nueva utilidad sin necesidad de reconstruir sus paredes.
La relación con Roma se volvió todavía más estrecha. En 1139, el Papa Inocencio II concedió a los templarios privilegios excepcionales mediante la bula conocida como Omne datum optimum. La orden quedó bajo una protección pontificia que reforzaba su autonomía frente a numerosas autoridades locales. La Iglesia ganaba una fuerza militar religiosa vinculada a la causa cruzada y los templarios obtenían una estructura internacional capaz de recibir donaciones, administrar propiedades y reclutar miembros. No eran simplemente soldados a sueldo de un Papa, pero tampoco unos aventureros que habían aparecido por generación espontánea. El proyecto necesitó legitimidad eclesiástica, respaldo político y una población convencida de que defender determinados lugares constituía una obra espiritual. Es admirable cuántas instituciones han conseguido crecer cuando coinciden una misión sagrada, una buena organización y una financiación abundante.
También el sacrificio adquirió aquí otra forma. Los cruzados podían vivir su expedición como penitencia y camino de salvación; los templarios asumían votos religiosos y aceptaban arriesgar su vida por una causa sagrada. No era lo mismo que inmolar a un niño ante un ídolo. Pero el lenguaje de la entrega, la sangre y la recompensa espiritual volvía a cruzarse con la política y la guerra. El altar ya no siempre estaba dentro de un templo. A veces había que buscarlo en un campo de batalla mientras las casas seguían llenándose de huérfanos.
Con el paso de las décadas, las encomiendas templarias se multiplicaron y la orden desarrolló funciones de custodia y traslado de fondos. También prosperaron otras organizaciones, como los hospitalarios de San Juan, cuya trayectoria continuaría más tarde vinculada con Rodas y Malta. Jerusalén volvió a caer en manos musulmanas en 1187 y Acre, uno de los últimos grandes enclaves cruzados, se perdió en 1291. La empresa territorial se desmoronaba, pero muchas redes administrativas y patrimoniales seguían extendidas por Europa. Y ahí llegó la paradoja. Una orden nacida bajo el amparo de la Iglesia se había vuelto tan rica e independiente que podía suscitar la desconfianza de los propios monarcas cristianos. La solución de Felipe IV de Francia, en 1307 fue arrestar a numerosos templarios y acusarlos de toda clase de delitos religiosos. Entre esas acusaciones apareció el nombre de Baphomet, asociado con un supuesto ídolo. La orden fue suprimida por decisión pontificia en 1312. El poder que los había ayudado a crecer participaba ahora en su desaparición. Pocas cosas resultan tan eficaces para fabricar un misterio como una institución rica, una persecución y varios siglos sin poder interrogar a los protagonistas.
El mismo mundo cruzado conoció una violencia dirigida no solo contra musulmanes, sino también contra cristianos acusados de apartarse de la doctrina. Los cátaros del sur de Francia padecieron una cruzada proclamada por Inocencio III a comienzos del siglo XIII, y la Inquisición pontificia empezó a institucionalizar procedimientos para perseguir la herejía. Allí se revela otra cara de la disputa por lo sagrado. Una cosa es proclamar que se posee la verdad y otra conseguir que nadie pueda formular una versión diferente. Los gnósticos, las corrientes dualistas y las acusaciones de idolatría formaban parte de un repertorio de temores que atravesaba Europa. No necesitamos que todas esas minorías adoraran en secreto a un mismo dios para observar el mecanismo. El que administra la ortodoxia también decide quién queda fuera de ella.
La demonología cristiana había ido tomando cuerpo durante la Antigüedad tardía y la Edad Media, alimentada por la interpretación de las Escrituras, los relatos sobre ángeles caídos y las prácticas de exorcismo. Ya no bastaba con temer a una presencia desconocida. Había que discutir su origen, reconocer sus engaños y averiguar cómo combatirla. La intención de buena parte de quienes escribían sobre demonios era defender la fe frente a aquello que consideraban una amenaza, no rendirles homenaje. Pero para identificar al enemigo comenzaron a atribuirle jerarquías, capacidades y apariencias cada vez más precisas. Los tratados medievales ampliaron así una tradición de clasificación y representación de los demonios que llegaría mucho más lejos.
Ahora bien, el Baphomet que hoy reconocemos, con cabeza de macho cabrío, alas y una antorcha entre los cuernos, no es una estatua medieval que haya llegado intacta hasta nosotros. Su gran imagen moderna fue difundida en el siglo XIX por el ocultista Éliphas Lévi, que la utilizó como símbolo de dualidades y correspondencias. Ahí se produce otra metamorfosis extraordinaria. Una acusación de idolatría contra caballeros medievales termina convertida en una de las figuras más reproducidas del satanismo contemporáneo. El carnero de Amón, el toro de Baal y la cabra de Baphomet no son zoológicamente ni religiosamente lo mismo. Aunque proceden de tradiciones distintas, los cuernos siguen apareciendo en muchas de sus representaciones.
También surgieron relatos sobre guardianes clandestinos de linajes sagrados, documentos secretos y descendientes ocultos de Jesucristo. El famoso Priorato de Sion es un caso especialmente delicioso. La supuesta sociedad medieval que tanto ha alimentado novelas y enigmas fue, en su formulación moderna, una construcción de Pierre Plantard en 1956. Para vestirla de antigüedad se recurrió, entre otros ingredientes, a los merovingios y a la idea de un secreto custodiado desde Tierra Santa. No necesitamos concederle mil años de existencia para apreciar lo revelador del episodio. Bastaron unas genealogías, archivos manipulados y una historia bien contada para convencer a muchísima gente de que existía una organización capaz de custodiar el secreto más importante de Occidente. La historia del Priorato de Sion muestra hasta qué punto esas leyendas llegaron a interesar al público moderno. Sin conocer jamás si su mejor estratagema fue terminar haciéndola pasar por leyenda para que nadie se le ocurriese buscar más.
Hay otra palabra que no debería desaparecer entre las ruinas de Jerusalén y los secretos atribuidos a los caballeros medievales. La cábala. Sus grandes formulaciones medievales surgieron entre comunidades judías de Provenza y de la península ibérica durante los siglos XII y XIII, aunque bebían de tradiciones místicas anteriores. Sus maestros buscaron explicar la relación entre el Dios infinito y el mundo creado mediante interpretaciones de la Escritura, letras, números y un lenguaje simbólico de diez emanaciones divinas conocidas como sefirot. El célebre Árbol de la Vida sería una forma de representar esas relaciones. Sus imágenes del árbol, la luz y los caminos del conocimiento también serían reinterpretadas mucho después por otras corrientes esotéricas.
La cábala judía no nació como adoración a Baal ni como culto al diablo. Sus símbolos conocieron otra vida cuando pensadores cristianos del Renacimiento, como Pico della Mirandola, los reinterpretaron en sus especulaciones sobre la creación, la lengua sagrada y el conocimiento oculto. Aquellas lecturas alimentarían parte del esoterismo europeo. Siglos después bastaría encontrar una figura parecida en dos tradiciones para que alguien concluyera que todos los iniciados obedecían al mismo maestro. Esas apropiaciones posteriores tuvieron poco que ver con el contexto original de los textos cabalísticos.
Aquel final del siglo XIII ofrece otra coincidencia que merece atención. En 1291, el mismo año en que cayó Acre, comunidades de los valles de Uri, Schwyz y Unterwalden sellaron una alianza que acabaría ocupando un lugar fundacional en la historia de Suiza. Entonces no estaban inaugurando la banca privada contemporánea ni depositando en una cámara acorazada los secretos de los templarios. Estaban protegiendo sus derechos e intereses frente a poderes vecinos. Pero con los siglos, la Confederación Helvética se convertiría en un territorio singular para la diplomacia, el comercio y las finanzas europeas. Es una evolución mucho más lenta que cualquier leyenda sobre tesoros escondidos y probablemente bastante más reveladora. Las trayectorias de esas instituciones acabarían siendo muy distintas, aunque compartieran parte del escenario europeo.
Mientras los monjes combatían y los comerciantes transportaban dinero, Europa acumulaba distintos sistemas de autoridad religiosa y jurídica. El derecho canónico cristiano, la ley islámica y las normas rabínicas organizaban comunidades que podían compartir mercados sin compartir creencias. Algunas cortes europeas emplearon a financieros judíos protegidos por el soberano, los llamados judíos de corte, cuya posición dependía de privilegios frágiles y podía desaparecer tan deprisa como cambiaba el humor del monarca. No era una hermandad secreta que gobernase Europa. Era un recordatorio de que el dinero, la ley y la fe podían entrelazarse incluso entre comunidades separadas por profundas diferencias. Las alianzas y los conflictos entre estos grupos dependían de intereses concretos y cambiaban con el tiempo.
EL RENACIMIENTO Y LA EDAD MODERNA
SIGLOS XV-XVIII
Con el Renacimiento y la Edad Moderna, el poder religioso se cruzó con las grandes ciudades comerciales, las cortes y los bancos. Venecia y Florencia conocían el lenguaje de las letras de cambio, mientras los soberanos seguían necesitando dinero para defender sus posesiones y ampliar su influencia. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602, demostraría hasta qué punto una empresa podía combinar comercio, barcos, privilegios concedidos por un Estado y capacidad para actuar muy lejos de sus puertos. La Compañía de Jesús, nacida de la iniciativa de Ignacio de Loyola y sus compañeros en el siglo XVI, desarrolló una formidable red de colegios, misiones y formación intelectual. La masonería moderna, organizada a partir de las logias británicas y de la Gran Logia londinense de 1717, hizo del Templo de Salomón, la luz, la piedra y la geometría un lenguaje iniciático. No eran una sola organización ni compartían una dirección oculta. Pero todas demostraban que el conocimiento y las relaciones podían circular por redes que atravesaban reinos mucho antes de que alguien inventara Internet. Y que un símbolo bien escogido podía abrir más puertas que una carta de recomendación.
Aquellos catálogos alcanzaron una organización sorprendente durante la Edad Moderna. En 1563, el médico Johann Weyer publicó un libro sobre los supuestos engaños de los demonios y, en una edición de 1577, añadió una lista de sesenta y nueve espíritus con nombres y rangos. Su intención era combatir las supersticiones y los abusos de los procesos por brujería, pero los aficionados a lo oculto encontraron allí un repertorio irresistible. En el siglo XVII, la llamada Llave menor de Salomón reunió en su sección conocida como Ars Goetia setenta y dos espíritus, con sellos y descripciones que parecían convertir el infierno en una corte de reyes, duques y marqueses. Los símbolos geométricos no eran las firmas originales de los dioses mesopotámicos, sino parte de tradiciones mágicas muy posteriores. Los autores de esos tratados contribuyeron a fijar un repertorio de nombres y signos que después circularía en grabados y libros.
La Revolución Gloriosa inglesa de 1688 y la fundación del Banco de Inglaterra en 1694 marcaron otro desplazamiento de la autoridad. El Estado moderno aprendía a financiarse a través del crédito público y de mecanismos cada vez más complejos. Las guerras exigían recursos, los gobiernos necesitaban prestamistas y el dinero empezaba a ejercer su propia forma de soberanía. El sacerdote antiguo pedía una ofrenda para preservar el orden de los dioses mientras que el Estado moderno reclama contribuciones para mantener sus instituciones.
LA ILUSTRACIÓN Y LAS REVOLUCIONES
SIGLOS XVIII-XIX
En 1776, Adam Weishaupt fundó los Illuminati de Baviera, una sociedad nacida en el ambiente ilustrado. Ese mismo año las colonias británicas declararon la independencia de Estados Unidos. Me niego a desaprovechar una coincidencia tan maravillosamente conspiranoica, aunque sé que compartir cumpleaños no convierte a dos organizaciones en hermanas gemelas. La nueva república terminaría adoptando en su Gran Sello una pirámide inacabada, un ojo de la Providencia y la promesa latina de un nuevo orden de las eras. La pirámide pasó así a formar parte de una iconografía política nueva, aunque su significado no fuera el mismo que había tenido en Egipto.
El siglo XIX multiplicó las redes financieras, las sociedades esotéricas y las reinterpretaciones de los viejos mitos. La Revolución francesa, las guerras napoleónicas y la restauración de monarquías europeas llenaron el continente de proyectos enfrentados, algunos de los cuales estuvieron rodeados de sociedades y lenguajes iniciáticos. En 1897 se celebró en Basilea el Primer Congreso Sionista, acontecimiento político moderno vinculado con el movimiento nacional judío y no con una supuesta resurrección de los dioses de Babilonia.
La imprenta terminó haciendo por los demonios lo mismo que los grandes escenarios harían después por los cantantes. Darles una imagen reconocible. En 1818, Collin de Plancy publicó su Diccionario Infernal, y la edición ilustrada de 1863 incorporó los célebres grabados de Louis Le Breton. Criaturas híbridas, cabezas animales, alas y gestos grotescos empezaron a fijar rostros para nombres que hasta entonces muchos solo conocían por los textos. La antigua imaginación religiosa, los sellos de los grimorios y el ocultismo del siglo XIX estaban construyendo un lenguaje visual que la cultura popular heredaría sin necesidad de conocer sus fuentes. Los grabados dieron a esas figuras una apariencia reconocible que luego aprovecharían el teatro y el cine.
En la historia de las élites europeas hay un nombre que merece detenernos precisamente porque parece escrito para un tratado de ocultismo. La nobleza negra. La expresión no nació para designar adoradores de Satanás, sino a sectores de la aristocracia romana que permanecieron fieles al papado cuando el Reino de Italia tomó Roma en 1870. Familias como los Orsini y los Colonna arrastraban siglos de vínculos con la política pontificia, mientras otras casas habían levantado su posición mediante cargos, propiedades, alianzas matrimoniales y relaciones con la Santa Sede. El calificativo negro pertenecía a aquella división política de la Roma posterior a la pérdida de los Estados Pontificios. En realidad, la expresión tiene un contexto histórico bastante preciso.
Pero la cuestión interesante permanece. En torno a Roma habían prosperado familias capaces de convertir patrimonio en influencia, y esa influencia en posiciones que beneficiaban a sus descendientes. El fenómeno se repetía bajo otras formas en distintos lugares de Europa, sin necesidad de imaginar una orden que reuniera a místicos judíos, aristócratas romanos y banqueros suizos. Esas familias y redes económicas no formaban una única organización, aunque algunas supieron conservar influencia durante generaciones.
Y entonces, en 1882, apareció Friedrich Nietzsche para anunciar el funeral más incómodo de la modernidad. En La gaya ciencia escribió que «Dios ha muerto» y añadió que nosotros lo habíamos matado. No estaba proponiendo un asesinato celestial, sino describiendo una Europa donde el Dios cristiano dejaba de ocupar el centro de las creencias y los valores. Aquello, que algunos podían celebrar como una liberación, dejaba una pregunta bastante menos festiva. Qué ocurre cuando se derriba el altar que sostenía todo un mundo y nadie sabe qué colocar en su lugar. Quizá la modernidad no aprendió a vivir sin deidades, sino a buscarlas en otros sitios.
EL SIGLO XX Y EL NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
En 1913 se creó la Reserva Federal estadounidense. Después llegaron dos guerras mundiales, la Sociedad de Naciones, las Naciones Unidas y una arquitectura internacional cada vez más compleja. Al mismo tiempo, el ocultismo occidental recuperó ángeles caídos, pentagramas, serpientes, dioses solares y figuras híbridas de antiguas religiones. Ya no hacían falta ejércitos para transportar los símbolos. Bastaban libros, grabados y muy pronto, pantallas. Lo que un sacerdote habría custodiado en un santuario podía circular ahora entre desconocidos a miles de kilómetros. Los símbolos empezaron a circular también fuera de los círculos religiosos o esotéricos que los habían utilizado antes.
Lucifer es el mejor ejemplo. El adversario de la imaginación cristiana fue transformándose en determinadas obras literarias y corrientes esotéricas hasta adquirir rasgos de rebelde, inconformista y portador de un conocimiento prohibido. Ya conocimos ese mecanismo con Caín, a quien ciertas interpretaciones gnósticas quisieron devolver del lado de los malditos al de los iniciados. No es una genealogía directa entre cainitas, satanistas y músicos actuales. Es una tentación narrativa que reaparece y nos invita a preguntarnos si el villano no será, después de todo, el héroe al que nos enseñaron a temer. La literatura y después la cultura audiovisual dieron a esa figura una gran variedad de rostros.
En el siglo XX, Anton LaVey fundó la Iglesia de Satán y convirtió el símbolo de la cabeza de cabra dentro de un pentagrama invertido en uno de los emblemas reconocibles de su movimiento. Y el Anticristo terminó encontrando una segunda vida que sus primeros intérpretes difícilmente habrían imaginado. La película La profecía, estrenada en 1976, convirtió a un niño llamado Damien en una encarnación cinematográfica de aquella amenaza, mientras que Marilyn Manson tituló Antichrist Superstar a uno de sus discos en 1996. El adversario anunciado por los textos cristianos había pasado de advertencia religiosa a personaje, marca y reclamo cultural. En ciertas expresiones satanistas u ocultistas puede reivindicarse como emblema de oposición a Cristo, pero no existe una veneración uniforme al Anticristo entre los movimientos satanistas actuales, muchos de los cuales ni siquiera creen en entidades sobrenaturales. O eso dice alguien que quiere hacerte creer que no hace nada malvado. Con el tiempo, esa figura pasó a ocupar un lugar reconocible en la ficción, la música y determinados repertorios visuales del ocultismo.
EL SIGLO XXI
En 2015, el Templo Satánico presentó en Detroit una estatua de Baphomet flanqueada por dos niños. Su organización se define como no teísta, de modo que la existencia de la estatua no implica que sus miembros adoren a un diablo sobrenatural ni muchísimo menos que practiquen sacrificios. Aunque sería absurdo reconocer lo contrario en voz alta. Pero el giro cultural es magnífico. Una figura que habría escandalizado a buena parte de la Europa medieval se exhibe ahora como símbolo de identidad pública y de debate sobre la libertad religiosa. La presentación provocó una nueva discusión pública sobre los símbolos religiosos y su lugar en el espacio compartido.
Baal era una divinidad cananea, Marduk presidía el panteón babilónico, Moloch aparece en las condenas antiguas de determinadas ofrendas y Baphomet adquirió su célebre aspecto de cabra en el ocultismo moderno. Satanás pertenece a otra tradición. No son cinco nombres de un mismo dios, pero la imaginación contemporánea los agrupa con facilidad mediante cuernos, serpientes, fuego y ceremonias de apariencia sacrificial. Buena parte de esa iconografía se utiliza para representar transgresión y poder, no para realizar sacrificios ni expresar una adoración literal. Su aparición en un escenario o una pantalla habla sobre todo de la manera en que reutilizamos imágenes del pasado.
El cine y las series hicieron el resto. Lucifer puede aparecer como un caballero encantador que resuelve crímenes; las brujas y los aquelarres se convierten en personajes con los que el público simpatiza; los demonios protagonizan historias de amor, humor y emancipación. En los escenarios musicales reaparecen los cuernos, el fuego, los círculos, los ojos omnipresentes, los cuerpos ofrecidos a una luz superior y las ceremonias que evocan antiguas liturgias. En los grandes acontecimientos deportivos se levantan figuras monumentales y multitudes enteras participan en coreografías que recuerdan la solemnidad del ritual. Nada de eso convierte a un cantante, un deportista o un espectador en adorador de Baal. Pero sí revela hasta qué punto el imaginario de lo que durante siglos llamamos diabólico ha pasado del territorio del miedo al de la fascinación. El entretenimiento ha incorporado ese repertorio visual con una libertad que habría resultado difícil imaginar en otras épocas.
Hasta los animales han encontrado una curiosa segunda vida. El toro antiguo, asociado en distintos lugares con la fuerza, la fertilidad o la soberanía, reaparece como emblema deportivo o espectáculo. La cabra, cargada de asociaciones esotéricas en la cultura occidental, también puede convertirse en una herramienta publicitaria, a veces por el simple juego inglés entre la palabra «cabra» y las siglas de «el mejor de todos los tiempos». El búho, símbolo de sabiduría en unas tradiciones y convertido en emblema misterioso en otras, se suma a un bestiario que Internet examina con devoción detectivesca. El símbolo cambia de dueño sin pedir permiso a la historia. Muchas veces sus usos actuales proceden de juegos de palabras, decisiones estéticas o tradiciones sin relación directa con los antiguos cultos.
Tal vez por eso, cuando el siglo XX convirtió la fama en un fenómeno de masas y el XXI consiguió llevarla en el bolsillo, la palabra ídolo dejó de sonar a arqueología. Tenemos templos del fútbol, estrellas a las que se atribuye una autoridad casi infalible, ceremonias televisadas y seguidores que encuentran en una celebridad la protección emocional o la pertenencia que antes buscaban en una deidad. La publicidad, la música y los grandes espectáculos saben convertir esa fascinación en liturgia colectiva. No significa que un cantante sea Moloch ni que un estadio sea un santuario de Baal. La paradoja es otra. Nietzsche anunció el eclipse de la antigua autoridad divina y nosotros, en vez de renunciar a los ídolos, han aprendido a fabricarlos a ritmo de estreno.
Entretanto, Jesucristo ocupa una posición bastante peculiar en el mismo mercado de representaciones. Su imagen sigue siendo central para millones de creyentes, por supuesto, pero también provoca controversias, sátiras y reacciones que en ciertos espacios culturales parecen mucho más aceptables que las burlas dirigidas a otros símbolos religiosos. No voy a fingir que existe una persecución uniforme en cada película o cada escenario. Lo que me interesa es el contraste narrativo. El ángel caído puede convertirse en un antihéroe irresistible, mientras la figura del crucificado suele resultar incómoda precisamente porque habla de culpa, renuncia, perdón y responsabilidad hacia los demás. Lucifer vende la seducción de hacer lo que uno quiera, pero Cristo introduce la molesta posibilidad de que el amor consista en hacer algo por otro. Esa diferencia entre rebeldía, responsabilidad y entrega continúa alimentando buena parte de nuestros relatos culturales.
Quizá el sacrificio sea, al final, un hilo más revelador que cualquier lista de dioses supuestamente idénticos. Un mismo término ha servido para nombrar ofrendas, renuncias personales, actos de fe y hasta gestos colectivos exigidos por el poder. Sus significados cambian tanto como las civilizaciones que lo utilizan. Y eso obliga a preguntarse por qué seguimos recurriendo a él. Sobre todo cuando la vida nos aprieta fuerte.
Sería ingenuo creer que este recorrido agota un asunto que lleva milenios acumulando nombres, templos y sospechas. Quedan por explorar los fenicios y la Cartago de Baal Hammon, con sus controvertidos sacrificios; los anunnaki, los nefilim y la supuesta Hermandad de la Serpiente; la Esfinge, Tutmosis IV y los sacerdotes de Karnak; las Saturnales y los símbolos de Jano y Cibeles. Tampoco nos hemos detenido como merecen en la Reforma, el Concilio de Trento y la supresión y restauración de los Jesuitas, ni en las rutas comerciales de los jázaros y la caída de Atil. Y aún nos quedarían las finanzas de los Rothschild, las guerras napoleónicas, los debates bancarios de Hamilton y Jackson y el largo camino hacia la Reserva Federal, por no hablar de Ginebra, el grupo Bilderberg, el CERN y las reproducciones del Arco de Baal que tanta imaginación han despertado. Cada asunto necesitaría su propia entrada y sería imposible desarrollarlos todos aquí sin convertir este blog en una enciclopedia de historia antigua, finanzas y misterios, tres materias que juntas prometen más dolores de cabeza que respuestas fáciles.
Y así regresamos a los comienzos. Del sacerdote que administraba ofrendas hemos pasado a ceremonias multitudinarias donde vuelven a aparecer ojos, soles, cuernos y serpientes. No significa que una misma mano haya dirigido cinco mil años de historia. Significa que ciertas imágenes siguen encontrando un lugar en nuestra manera de representar el misterio y la autoridad. De igual forma que una guerra actual no puedes asociarla a las imágenes de siglos pasados, entre trincheras, teléfonos del tamaño de una mochila y ningún ojo funcionando a modo de satélite, el satanismo no puedes entenderlo únicamente como un tío disfrazado de vampiro bebiendo sangre de una mujer virgen desde el cuerno de una antigua joya vikinga.
Quizá Baal ya no necesite templos para seguir presente en la imaginación. Hemos cambiado el incienso por los focos y los altares por escenarios capaces de reunir millones de miradas. Ni siquiera hace falta invocar a una deidad para encontrar personas dispuestas a entregar tiempo, atención o dinero a algo que consideran superior a sí mismas. Mientras seguimos buscando a los viejos dioses entre cuernos y serpientes, la figura de un hombre clavado en una cruz continúa recordándonos algo que al poder nunca le ha hecho demasiada gracia. Y es que el sacrificio más grande no consiste en exigir la vida de los demás, sino en estar dispuesto a entregar la propia.















