18/10/26

La eterna Revolución Francesa

Anoche me desvelé viendo las revueltas de París. Cada vez que veo arder París tengo la misma sensación. No pienso primero en Macron, en los sindicatos, en la inmigración, en la policía o en la última reforma que haya provocado las protestas. Pienso en 1789 y en aquella Revolución Francesa romantizada por los mismos masones que crearon el concepto de terrorismo. Debe de ser una deformación mía, pero hay algo en Francia que me parece condenado a regresar siempre a la misma plaza, a la misma barricada y a la misma convicción de que, cuando las cosas no funcionan, todavía queda la posibilidad de prenderles fuego. Han romantizado tanto la Revolución Francesa que terminamos olvidando una obviedad bastante desagradable. Aquello no fue una bonita manifestación ilustrada donde Voltaire, Rousseau y cuatro burgueses bien peinados redactaron los Derechos del Hombre mientras sonaba música de fondo. Fue una revolución. Y las revoluciones, cuando uno les quita la pintura romántica, suelen consistir en gente matando a otra gente convencida de estar construyendo un mundo mejor. Y lo peor, es que no lo construyeron.

Nunca he entendido por qué tenemos que aceptar que todo aquello fue inevitable para llegar a la modernidad. El Antiguo Régimen era injusto, tenía privilegios absurdos, desigualdades jurídicas y una monarquía incapaz de resolver una crisis económica gigantesca. Perfecto. Pero entre reconocer aquello y celebrar lo que vino después existe una distancia enorme. Porque apenas cuatro años después de proclamar los derechos naturales e imprescriptibles del hombre, Francia había construido un sistema político que enviaba hombres a la guillotina en nombre de la virtud revolucionaria. Llegó el Terror, llegaron los tribunales extraordinarios, llegó Robespierre y llegaron miles de ejecuciones. En la Vendée hubo una guerra civil brutal. En París se descubrió que la libertad podía administrarse perfectamente mientras se cortaban cabezas. Y al final ocurrió algo que siempre me ha parecido la mejor broma de toda aquella historia. Diez años después de derribar al rey, apareció Napoleón. Se cargaron una monarquía absoluta para terminar coronando a un emperador que vino a dar por culo a España y terminó yéndose con el culo roto. Si aquello era el camino inevitable hacia la libertad, debieron perderse en algún cruce.



Hay otra cosa que me fascina. La palabra terrorismo está históricamente relacionada con aquel período del Terror revolucionario. No deja de tener cierta ironía que una revolución convertida después en altar de la libertad ayudara también a proporcionar al vocabulario político moderno una palabra destinada a describir el uso del miedo como instrumento de poder. Y, sin embargo, seguimos contemplando la Bastilla como si aquello hubiera sido una especie de festival democrático con antorchas. No cuestionamos demasiado la liturgia. Libertad, igualdad, fraternidad. Marianne. La Marsellesa. La bandera. Todo parece tan bonito cuando han pasado doscientos años y ya no se escucha caer la cuchilla. Es como una canción de Reincidentes contando la falsa historia de Cuba. Sabes que es mentira, pero la canción es tan buena y pegadiza que es inevitable levantar el puño mientras gritas resistencia.

Lo que vino después tampoco me ayuda demasiado a reconciliarme con el mito. Francia necesitó constituciones una detrás de otra, repúblicas, restauraciones monárquicas, imperios, nuevas revoluciones, golpes de Estado, otra república, otro imperio, otra república y alguna que otra guerra civil por el camino. A veces observo esa sucesión y me pregunto si la gran herencia francesa no fue precisamente acostumbrarse a que nada fuera definitivo. Cuando una sociedad convierte una revolución en su mito fundacional introduce una idea peligrosísima en su ADN político. Que siempre existe el derecho a empezar otra vez. Si el gobierno no sirve, se derriba. Si las instituciones no gustan, se sustituyen por la fuerza. Si la calle grita suficientemente fuerte, quizá vuelva a tener razón. Y por eso cuando veo las protestas francesas actuales, aunque sé perfectamente que la mayoría de quienes salen a manifestarse lo hacen pacíficamente y por problemas que pueden ser perfectamente legítimos, no consigo evitar reconocer la fotografía. Cambian las chaquetas por sudaderas, las octavillas por teléfonos móviles y las piedras por mobiliario urbano, pero hay algo en la escena que lleva repitiéndose demasiado tiempo.



Por eso cuando digo que Francia parece un Estado fallido no estoy utilizando el término como lo utilizaría un profesor de Ciencia Política. Evidentemente Francia no es un Estado fallido en sentido técnico. Tiene Administración, jueces, ejército, policía, impuestos, centrales nucleares y asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Me refiero a una sensación mucho más difícil de colocar en una estadística. La de un país extraordinariamente poderoso que cada cierto tiempo parece incapaz de reconocerse a sí mismo. Un Estado que necesita desplegar miles de policías para controlar sus propias calles, gobiernos que sobreviven entre huelgas, protestas y crisis políticas y una sociedad que continúa considerando la calle como una segunda cámara parlamentaria. Quizá la verdadera decadencia de un país no comienza cuando desaparecen sus instituciones, sino cuando sus ciudadanos dejan de sentir que esas instituciones les pertenecen.

Y ahí está la idea que cada vez me resulta más difícil apartar. Quizá Francia no tenga el problema de haberse alejado de la Revolución Francesa, sino precisamente de haber permanecido demasiado cerca de ella. Durante dos siglos ha educado a generaciones enteras en la idea de que su momento más glorioso ocurrió cuando una multitud decidió que el orden existente ya no merecía obediencia. Después nos sorprende que la desobediencia conserve allí un extraño prestigio moral. Nos sorprendemos de las barricadas en un país cuyo gran símbolo político es una barricada. Nos sorprende que se asalten edificios mientras celebramos cada 14 de julio el asalto a uno. Hay algo casi enternecedor en nuestra capacidad para no conectar las cosas.

Hasta la forma de saquear explica cuánto ha cambiado la revolución. En 1789 se asaltaban arsenales y edificios del poder. Hoy se revientan escaparates para salir con iPhones, consolas o bolsos de lujo. Resulta casi perfecto que unas protestas nacidas en parte para reclamar mejoras educativas terminen con tiendas FNAC saqueadas y los libros ahí, en sus estanterías, sin tocar. La vieja revolución quería transformar el mundo, pero la nueva parece conformarse con robar lo que el propio sistema anuncia en televisión.



No pretendo negar que de 1789 salieran principios valiosos. La igualdad ante la ley, determinados derechos individuales, la destrucción de privilegios hereditarios y muchas de las ideas que terminaron formando parte del constitucionalismo europeo merecen ser defendidas. Lo que no consigo aceptar es que tuviéramos que comprar todo aquello junto con la guillotina, el terror, la guerra civil y la mitología de la violencia purificadora. Quizá uno de los mayores éxitos de la Revolución Francesa haya consistido precisamente en convencernos de que revolución y progreso son palabras casi hermanas. Dos siglos después seguimos hablando de revolucionar algo cuando queremos mejorarlo. Nadie dice que va a reaccionar una industria para hacerla moderna. La batalla del lenguaje la ganaron por completo.

Hay además una comparación que siempre me ha resultado incómoda por lo mucho que dice de nuestra manera de contar la Historia. En Francia, una insurrección que termina derribando el orden existente, ejecutando al rey, instaurando el terror y enviando a miles de personas a la guillotina terminó convertida en uno de los grandes relatos fundacionales de la libertad occidental. La Asamblea Nacional francesa sigue presentando 1789 como el nacimiento de su democracia y la Declaración de los Derechos del Hombre como uno de sus textos fundamentales, aunque la propia historia oficial reconoce que pocos años después la Revolución desembocó en las matanzas y ejecuciones del terror. En España ocurrió algo muy distinto con 1936. La sublevación militar del 17 y 18 de julio fracasó parcialmente, desencadenó una guerra civil y terminó dando paso a la dictadura de Franco, y así ha quedado fijada, con razón histórica, como un golpe contra el Gobierno republicano surgido de las elecciones. Lo que me llama la atención no es pretender que ambos acontecimientos fueran equivalentes, porque no lo fueron, sino observar lo fácilmente que una ruptura violenta puede convertirse en epopeya cuando vence el relato adecuado y en pecado original cuando vence el contrario. Parece que la Historia no solamente juzga la violencia por lo que hace, sino también por la bandera que termina colocando encima de los cadáveres.

Y quizá ahí esté uno de los grandes trucos de nuestra memoria colectiva. Un revolucionario francés derribando una institución aparece todavía hoy rodeado de cierta épica romántica, mientras que la imagen de un militar español sublevándose contra el poder constituido pertenece necesariamente al territorio oscuro de nuestra historia. Existen razones importantes para esa diferencia. La Revolución Francesa terminó asociándose, pese a sus contradicciones, con la soberanía nacional, la igualdad jurídica y los derechos individuales, aunque no tuviese nada que ver con ello, mientras que el levantamiento de 1936 acabó desembocando en casi tres años de guerra y en una dictadura prolongada hasta 1975 cuya historia fue contada por el bando perdedor. Pero aun aceptando esa diferencia, me sigue fascinando nuestra capacidad para separar la violencia de las ideas que la acompañan. Cuando la violencia conduce hacia un relato que después consideramos progresista, tienden a verla como un parto doloroso de la Historia. Cuando conduce hacia uno que rechazamos, la contemplan como barbarie desde su primer minuto. Quizá ambas cosas puedan ser verdad a la vez, pero entonces deberíamos admitir algo menos cómodo. Que muchas veces no romantizamos las revoluciones porque sean pacíficas, sino porque nos gustan algunas de las ideas que quedaron en pie cuando terminó de correr la sangre.



Hay también una diferencia inquietante entre aquella revolución y algunas de las violencias que hoy aparecen en las periferias francesas. La guillotina ha desaparecido, pero no necesariamente la pulsión de resolver el conflicto mediante el miedo. Ahora puede adoptar la forma del kaláshnikov de contrabando, del machete o de la violencia de bandas que trasladan al corazón de Europa códigos de enfrentamiento que la República creía haber dejado atrás. El fracaso más profundo no consiste en que existan ciudadanos de origen inmigrante, sino en que Francia haya sido incapaz de convertir a una parte de sus descendientes en franceses que sientan como propio el país en el que nacieron. La vieja revolución quería derribar un orden para construir otro. La nueva, a veces, parece limitarse a comprobar cuánto puede destruirse sin tener nada preparado para ocupar su lugar.

Y mientras escribo esto vuelvo a mirar las imágenes de las calles francesas. Humo, antidisturbios, cristales, jóvenes corriendo, comercios saqueados, edificios públicos atacados, algunos manifestantes pacíficos y otros convencidos de que romper algo también es una forma de participar políticamente. No sé qué pensaría Robespierre. Probablemente encontraría a todos demasiado moderados. Pero sospecho que reconocería perfectamente la escena. Francia lleva más de doscientos años diciéndose que nació tomando una fortaleza. Quizá el verdadero problema no sea que la Revolución Francesa fracasara. Quizá sea que se han pegado tantos años vendiéndola como buena que a día de hoy no consiguieron matar a la bestia. Y ésta, les está devorando..

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