Esta noche hace calor, pero no del que agobia, sino del que acompaña. Calor de calle tranquila, de farolas amarillas, de esas antiguas de las que ya quedan pocas. Noches de esas en las que uno empieza pensando en una cosa y termina con otra distinta entre las manos sin darse cuenta. Venía con la intención de ponerme con una película tras terminar unas cosillas, y aquí estoy, dándole vueltas a la vida como quien se sube a una noria solo por las vistas. Así somos los que no tenemos jefe en la cabeza; lo mismo nos calentamos por una tontería que nos ponemos filosóficos antes de acabarnos el yogur de coco.