domingo, 8 de marzo de 2020

Todo aquello que nunca llegué a publicar

A veces la desidia que me genera el actual ambiente social me hace abandonar muchos textos que dejo en el olvido, sobre todo cuando sobrepaso la delgada línea de dejar de entretenerme a mí mismo. Yo escribo para mí, sin prisas ni presiones, cuando me apetece, pero sobre todo cuando me veo en la necesidad de aportarle a Internet un granito de todo lo que me he llevado. Lo meritorio de publicar tu propia visión es la de profetizar un punto de vista que hasta entonces nadie ha sido capaz de ofrecer. Aquí se encuentra la principal diferencia entre alumbrar y deslumbrar. Veréis, las linternas sirven para ver en la oscuridad a quien la posee y a su vez a todos aquellos que se colocan detrás del foco de luz. En cambio, ciegan a todos los que reciben la luz de cara, a todos los que señalan la luz de frente, a todos los que la persiguen directamente. Alumbrar conlleva un ejercicio de responsabilidad. Nadie que alumbre te llevará de la mano hasta el final. No obstante, quien deslumbra te muestra la falsa conclusión, te construye la pirámide con la falacia, te ciega y te desorienta.

Escribir es difícil. Escribir bien quiero decir. Tener algo interesante que contarle a alguien y sobre todo contarlo de una manera que llegue a entretener en este mundo actual de déficit de atención resulta muy complicado. Poseer habilidades comunicativas es igual de prometedor que disponer de los conocimientos previos que quieres mostrar. Si lo que vas a publicar no goza de todo lo anterior lo único que estarás haciendo es ensuciar aun más la gran metrópolis que es esto de Internet. Lo bueno es que sea como fuere, estás aquí, terminando este segundo párrafo en el que prácticamente todavía no te he contado nada, y aun así ya te he contado más que en todas las mierdas que te ha dado por leer en este 2020.

Sean por las razones que sean se quedaron en un cajón títulos como "Infancia Libre y la teatralización de la falsa tragedia""A mí no me gusta viajar""Nunca perdonó un desayuno" o "Plácido Domingo y la Iglesia de la Cienciología". El desinterés que venía comentando al principio me ha sobrevenido sobre todo con este último. Querer explicar la relación tan directa que existe entre Plácido Domingo y la tortura familiar a la que ha sido sometido por dejar de financiar a la Iglesia de la Cienciología ha terminado por desmoralizarme. Imagino que algo parecido le tuvo que pasar al tenor, para recoger los pedazos de una familia secuestrada por una secta destructiva y ya, a su edad y con sus logros más que cumplidos, retirarse con un falso mea culpa para que lo dejen vivir tranquilo al calor de todos aquellos a los que siempre quiso. 

La realidad es que si venía pensando que el sistema estaba por dentro podrido, lo único que puedo corroborar ahora es que todo contrasistema que nazca ya lo de hace de por sí iniciado por una metástasis. Desde el principio de los tiempos el poder se corrompía con los años. A día de hoy el nuevo poder nace de la propia corrupción del ser humano.

No existe ningún colectivo del que puedas fiarte. Ninguno. Todas las asociaciones y movimientos terminan generando intereses espurios para reorganizar una nueva parcela de influencia donde otro don nadie cualquiera pueda construirse su nueva figura de insider. El humanismo murió en el siglo XV, bastante poco después de llegar a ver la luz. Lo deslumbraron por desgracia, mientras intentaba alumbrar.

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