sábado, 13 de octubre de 2018

La superposición de las diez láminas del Test de Rorschach

Doy por hecho que la gran mayoría de las personas que entráis en este espacio a leer sobre lo que escribo conoceréis el Test de Rorschach. Este test no es más que una prueba proyectiva de psicodiagnóstico que gracias al cine y la televisión consiguió notoriedad entre todos aquellos profesionales ajenos a la interpretación profesional de la misma.

Se compone de un conjunto de diez láminas, las cuales hay que mostrar en un orden y durante un tiempo concreto, para posteriormente evaluar las diferentes respuestas obtenidas ateniendo a diversos criterios, como los de enfrentamiento personal, conflictos internos, impulsos, relaciones, autoridad, visión de la realidad, sexualidad, conexión maternal, adaptación afectiva o angustias. Las respuestas obtenidas por el paciente se gradúan atendiendo a unos porcentajes de resultados considerados formales, ordinarios o frecuentes para finalmente aplicarles un índice corrector y llegar a unas conclusiones.

La verdad es que a mí siempre me llamaron muchísimo la atención la totalidad de las láminas. He jugado con ellas lo suficiente como para conocerlas de memoria. Las he observado en todas sus perspectivas, las he incluso volteado para comprobar desde Photoshop la perfección de sus simetrías y sobre todo he disfrutado invirtiendo sus colores. Tengo que decir que algunas de ellas me parecen tan preciosas que incluso me he dado el gusto de imprimirlas y enmarcarlas.

Lo que no hice nunca, hasta ayer, fue suponerlas todas una encima de otras, como si fuesen láminas de acetato coloreadas. El resultado que obtuve fue el siguiente.


Esta lámina debería culminar todo el proceso pasando a ser la número once, la última de todas, como una especie de respuesta evaluativa de la sinceridad de todas las anteriores, atendiendo a qué puntos diferenciadores muestra más atención el observador. 

Lo que yo veo es el mal. La concreción de la idea abstracta de la maldad humana, en todo su esplendor, mientras te mira fijamente a los ojos, atrapándote, susurrándote al oído que el que avisa no es traidor, incluso condescendiente, deseándote suerte en tu camino, a sabiendas de que es tan posible que dé contigo que te otorga toda una vida de ventaja.

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