20/10/25

El reloj del miedo

Durante décadas, el cambio de hora fue una ceremonia cíclica tan absurda como incuestionable. Dos veces al año adelantábamos o atrasábamos el reloj convencidos de estar participando en un gran pacto colectivo por el ahorro energético. Lo decían los telediarios, lo repetían los ministros, lo confirmaban los expertos, y lo interiorizábamos como una liturgia más del progreso. Cambiar la hora era un gesto de obediencia climática, un pequeño sacrificio simbólico por el bien común. Nadie pedía pruebas, bastaba con la convicción de que algo se ahorraba. Bastaba con creer. Era sólo cuestión de fe.

14.21 © , Contenido Original