sábado, 30 de diciembre de 2017

La diferencia entre un reaccionario y un tocapelotas

La verdad es que la RAE está para que le den por culo. Define reaccionario como "que tiende a imponerse a cualquier innovación". Según Google "que es partidario de mantener los valores políticos, sociales y morales tradicionales y se opone a reformas o cambios que representan progreso en la sociedad". Es curioso como recoge dos conceptos positivos, innovación y progreso, intentando negativizar la propia palabra. Para mí y para cualquiera que tenga dos dedos de frente, un reaccionario es aquel que se opone a los cambios que supongan la modificación de los valores más tradicionales en cualquier campo, pero no porque esos cambios sean significativos de progreso o innovación. Básicamente las definiciones que aportan podrían ser las mismas que las de un tocapelotas común, un tío al que solamente le mueve las ganas de crear polémica. Vamos a intentar sintetizarlo.


Un tocapelotas es aquel cuya intención es dar por culo, agitar, molestar, llamando la atención, agarrándose a cualquier argumento, con el único interés de desbarrar y crear trifulca, más allá de sus valores y sobre todo, muy alejado de mantener esa idea en el tiempo. Un reaccionario en cambio puede mantener una creencias olvidadas en el cajón más mohoso de su memoria, pero seguirá siendo intocable y hará todo lo que sea para pelearlo, no sólo durante el tiempo que pueda durar la trifulca social, sino durante toda su vida, incluso más cuando todo el mundo ya se haya olvidado de ello. Os quiero poner un ejemplo.

Nunca he sido de llevar ni anillos, ni cadenas, ni pulseras. Por mi Primera Comunión me regalaron un crucificado precioso, pero entre que nunca me sentí cómodo con nada colgado al cuello y que encima los bordes del oro parecían estar afilados a la piedra, la incomodidad era doble. Ponérmelo me podía suponer terminar con el pecho destrozado de arañazos.  En relación a los anillos aunque nada tenga que ver con este tema, ver a Fernando Redondo con un dedo roto y un anillo dentro del mismo me causó tanta impresión que siempre he preferido llevar los nudillos libres. Esto no quiere decir que de mis cadenas, más allá de guardarlas en un joyero perdido, me hubiese olvidado. A lo que voy.

Resulta que por razones laborales tuve que realizar un viaje a un país centroafricano, de esos que intentan vender democracia occidental al resto del mundo, pero donde la mitad del gobierno pretende implementar la sharia y la otra mitad lo terminaría viendo hasta con buenos ojos. Una casa de putas, que vive de alimentar el ISIS y de dejarse comprar por el gobierno chino a cambio de que le exploten las minas de coltán. Una basura de país que prepara reuniones diplomáticas con la excusa de querer comprar un AVE cuando lo que se está llevando por detrás son cargamentos de armas. Y hasta aquí puedo decir.

El caso es que antes de partir nos mandaron unas recomendaciones, de esas bien elegantemente redactadas para que parezcas que las tomas tú por motu propio y no por mandato imperativo. Era una especie de decálogo para socializarte evitando malentendidos, pero lo que en realidad escondía era una auténtica bajada de pantalones. La primera de todas ellas era muy clara y concisa, no se andaba ni con rodeos ni con eufemismos. Imponía la prohibición de portar crucifijos o imágenes religiosas. Tócate los huevos. Vamos a caerles bien a estos artistas que encima cuando ellos vienen a España somos nosotros los que tenemos que retirar la cruz del escudo del Real Madrid CF para firmar los contratos. Es decir, en tu casa mandas tú, pero en mi casa también mandas tú. Me pareció una sumisión tan bochornosa que cuando llegué a casa lo primero que hice fue buscar en el joyero.

Al aterrizar nos esperaban unos conductores en el aeropuerto. Por aquel entonces España comenzó el Mundial de 2014 y Holanda se tomó la pequeña revancha que pudo metiéndonos cinco golitos. Cuando hay dinero de por medio ellos normalmente van de traje, se occidentalizan, se compran las telas con más brillos y se colocan unas gafas de sol excesivamente llamativas. Si te reciben en sus casas suelen ir con chilabas de seda. Imagínense mi cara cuando me encuentro al negro zumbón montado en un Peugeot cochambroso vestido con la camiseta naranja de la selección de Holanda. Se ve que no tendría otra para aquel día. Las ganitas que tenían de agradar eran pasmosas. Fue en ese preciso momento, desvanecida ya toda esperanza de buenos modales, cuando decidí sacar por encima de la camisa mi Jesucristo crucificado mientras le daba un apretón de manos y le saludaba con un buenas tardes sonriente. El resto del trayecto lo consumó parafraseando a Mahoma, cagándose en los muertos de quién le apeteciese y yo dándole besitos al Rey de los Judíos.

El viaje finalizó sin problemas, por lo menos a mí no me llegó ninguno, pero alejado ya de cualquier foco de conflicto, tomé la sensata decisión que jamás hubiese escogido el tocapelotas al uso. No me fui al joyero a guardarlo. A día de hoy lo sigo llevando conmigo y al menos por ahora no me desprendo de él. Llevé a limar los bordes afilados para evitar rasguños. Ya no se me hace raro verlo aparecer al quitarme la camiseta frente al espejo. Es más, ahora sonrío siempre antes de meterme en la ducha porque no puedo evitar acordarme de aquel negro.

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