martes, 3 de enero de 2017

El Coste de Oportunidad de ser gilipollas

En economía se define el coste de oportunidad como la rentabilidad económica de la inversión a la que se renuncia por dedicar los recursos disponibles a otra actividad o invertirlos en otro valor. En otras palabras, la McRoyal Deluxe que no me pido por comerme un Menú BigMac.

Algunas personas tenemos una manera muy peculiar de comportarnos que nos hace no usar ciertos elementos cotidianos por miedo a perder la oportunidad de darle otro uso diferente. Por ejemplo, de pequeño alguien nos regalaba una simple pegatina. Una pegatina que no usábamos por miedo a colocar en un lugar en el que pensábamos que en un futuro cercano nos arrepentiríamos. Dudábamos entre varias ubicaciones. Finalmente optábamos por guardarla en una caja hasta que ella solita perdía el poco valor que tenía. Nos veíamos a nosotros mismos con el dragón del Guadalpark o un símbolo Nike sin peso actual alguno olvidado en el fondo una lata redonda de galletas de mantequilla.
Es por ese concepto de oportunidad por el que entramos en le inmovilismo, en la patada hacía delante para cualquier proyecto, en lo que a día de hoy se conoce como procrastinación. Guardamos cajas bonitas en las que no metemos nunca nada, o peor, guardamos cajas inútiles que llenamos con cosas que no queremos pegar jamás. Tenemos mucho cuidado para que las ceras Manleys ni se partan ni se manchen y no hemos querido escribir en el apartado de "Anotaciones" de las antiguas instrucciones de los videojuegos. El afán por tenerlo todo impoluto nos ha llevado a vivir a un porcentaje poco rentable, a desmerecer los recursos de los que disponemos. Los rotuladores con cuidado que se gastan, los lápices de colores flojitos que las puntas se van y al balón no le des punterones que se ahueva.

¿Qué ocurre con esta filosofía? Que nos plantamos con 80 años rodeados de perfectas ceras Manleys, de cajas de Ferrero Roché para guardar algo que nunca metiste, de balones sin ningún rasguño por miedo a jugar en cemento y Post-its que jamás gastamos por que nos parece más bonito mantener su combinado de colores intacto. La oportunidad es una diosa ramera que nos atrapa en el laberinto de nuestras ideas más estúpidas. Es por ella por la que dudamos tanto en hacer algo que finalmente no acabamos haciendo, por el miedo a gastar ese tiempo y no aprovecharlo en otra posibilidad que nos dé más beneficios, cuando finalmente hemos tirado todo ese tiempo por la borda del pesquero más destartalado en el que nos embarcamos sin querer rumbo a un lugar que sabemos que no nos interesa, pero ahí que vamos. En economía al menos nos comemos el BigMac, pero en nuestra vida nos vamos del McDonald's sin haber pedido tan siquiera nada. Yo el primero.

Llevo trece años con una absurdez sin explicación en una de mis estanterías. Me hice con una caja pequeñita de unos mini CD-R. Sobre 28 minutos de música o 245Mb. Menos espacio y más caros. No sé, ahí estaban en la tienda y me llamaron la atención. Cuando llegué a casa los abrí. Una bonita caja de diez con cada uno en su funda individual. La primera vez que metí uno en la grabadora de CD pensé, ¿por qué no hago esa grabación en un CD-R normal de toda la vida y no gasto uno innecesariamente? Y así hasta hoy. Trece años y la caja sigue impoluta. Intacta. Sin valor. A día de hoy no sé si es un trofeo a mis gilipolleces o una genialidad desmedida. Apuesto más por la primera opción.

Luego hay otro tipos de personas, auténticos temerarios del triunfo. Hace unos años el mismo día de Reyes observé durante una comida familia como un pequeño crío durante la sobremesa sacaba de su embalaje impoluto su nueva Nintendo DS. Posiblemente tras el trasiego loco de esas mañanas sería el momento ideal para prestarle el tiempo suficiente, el estreno. Bueno, pues ese chaval ya le había puesto un par de pegatinas. Así, sin más, sin pensar. Un auténtico triunfador, un tiburón sin cuello que solo mira hacia adelante. Luego queremos ser todos iguales.

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